Septiembre embaucador

Igual que tanta gente, crecí rindiendo culto a símbolos que no podía entender. Cada mes de septiembre tocaba componer sentidas parrafadas —huecas y rimbombantes, es decir— sobre patria, bandera, héroes, gestas y orgullo nacional: deberes con los que uno cumplía sin chistar, como quien va llenando de memoria un viejo formulario elemental. Ya sea por candor, vergüenza defensiva, ludismo imitamonos o temor al castigo, los niños son alumnos aventajados —cuando no consumados maestros— en las artes de la simulación. Nadie como ellos juega a ser quien no es.

Asistía uno a las clases de civismo con igual antifaz que al catecismo en años adolescentes: nada que allí dijera tenía el menor peso, así incluyera graves juramentos ante instancias a todas luces superiores, como la patria y el Cordero de Dios. Jura uno al fin todo lo que haga falta, en la certeza de que sus mayores no pueden descifrarle el pensamiento, pero cómo pensar en lo que está diciendo si menudean allí los terminajos que no logra entender ni diccionario en mano. ¿Sería que esos políticos que protagonizaban los actos oficiales con la frente muy alta y las nalgas paradas sí sabían lo que hacían, oían y decían en tan engominadas ocasiones?

Recuerdo que una vez, durante el concurso anual de declamación, cierto compañerito lambiscón eligió recitar, en lugar de un poema, la letra entera del Himno Nacional. La experiencia fue extraña, por decir lo menos. Una vez despojadas de la música, las líneas de González Bocanegra sonaban más o menos imposibles. Difícilmente hay una sola estrofa libre del patria-o-muerte que todavía hoy algunos cavernarios glorifican. Era una suerte, al menos, jamás haber tenido que aprendernos completas las estrofas. “Y el que al golpe de ardiente metralla de la patria en las aras sucumba, obtendrá en recompensa una tumba donde brille de gloria la luz”, rezaba alguna de ellas. La recuerdo muy bien porque toqué madera en el pupitre nada más escucharla y masticarla. Ya sabía el maestro de civismo lo que podía ir haciendo con su brillosa fosa.

Recuerdo a mis mayores discutiendo si el himno más hermoso del mundo era el de México o La Marsellesa (como si conocieran todos los demás) o alardeando de que “como México no hay dos” (cual si existieran dos o más Japones, Francias o Congos Belgas). Nada muy diferente de quienes te enseñaban su religión jactándose de que era “la única verdadera”. Mas no eran mis mayores, según fui descubriendo, quienes sacaban raja de esos símbolos, sino concretamente sus administradores, los políticos. Gente que en teoría no pensaba en sí misma, sino en “las altas miras de la patria”. ¿Es decir que eran ellos los ojos de la patria, sus oídos, y a la postre sus grandes interlocutores, como los curas lo serían de Dios? ¿O sea que nosotros éramos imbéciles?

“El latín de sus frailes corrompidos lo traduzco palabra por palabra al idioma corriente, para que se vea que es una patraña”, escribió Bertold Brecht, acaso sin pensar que se llevaba igual entre las patas a los párrocos de su propia fe. Suele el simulador, en el nombre del Cielo o de la patria, expresarse a través de símbolos y arcanos, en teoría elevados y a la postre pedestres, para que nos traguemos como niños y repitamos como guacamayas las sandeces que nadie en su sano juicio daría por buenas. A menos que esté claro que es todo de mentiras, como en la niñez. “El nacionalismo es la cultura de los incultos, y éstos son legión”, ha escrito a este respecto Mario Vargas Llosa.

Lo dije, claro está, durante muchos años, pero lo cierto es que jamás creí en la resurrección y todo-lo-demás-según-las-escrituras, ni habría aceptado ser soldado de nadie, ni ambiciono una tumba refulgente. Uno sabe por qué ama a su país, y al amor de verdad le sobra el simulacro, tanto como le estorban las mentiras y las palabras huecas de cada septiembre.

Este artículo fue publicado en Milenio el 18 de septiembre de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.hotelrosita.com/es/noticias/celebra-el-mes-patrio-en-puerto-vallarta

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