El lector imaginario

No sé si vengo a hacer una denuncia, pero creo pertinente comenzar por decir que yo vivo del público lector. Son ellos quienes pagan mis facturas y cada día me empujan a ir un poco más lejos en el oficio que elegí desde niño, creo que sin querer. ¿Me produce placer este trabajo? No sin un alto precio, aunque es cierto que cada nueva línea funciona como ungüento para la ansiedad. Vivo a salto de mata en una suerte de carrera imaginaria donde debo llevar cierta ventaja sobre quienes me leen, de modo que podamos jugar juntos a ser otros que nunca fuimos ni seremos, cuyos pellejos hemos de compartir como parte de una misma aventura. Más, por tanto, que patrocinadores, diría que los lectores son secuaces.

No escribe uno, eso sí, concretamente para quienes supone que leerán, pues si así lo intentara terminaría quedando mal con todos. Escribo, en realidad, para un lector secreto y tan inesperado que no sé qué edad tenga, cuál sea su perfil o siquiera si es hombre o mujer (lo segundo, es verdad, me hace más ilusión). Tampoco me imagino qué le gusta, aunque suele ser claro con lo que le disgusta a la hora de aplicarme el detector de mierda. Detesta las mentiras mal contadas y para detectarlas echa mano de una sagacidad que solo puede ser la de mi madre. Le dan vergüenza los lugares comunes y desconfía de todas las escenas que cree haber visto antes. Para colmo, no sabe abochornarse sin transferirme enteros sus sofocos.

Creo que mi lector imaginario es un gran hedonista, y hay que ver lo que cuesta complacerle. Como autor de ficciones, mi interés es plantear un juego compulsivo y llevarlo tan lejos como sea posible, más allá de mis previas creencias y apetencias. Escribo por hacer lo que no debo, por meter las narices donde nadie me llama, y de pronto también para poner en duda cosas de las que ayer creía estar seguro. “El arte”, dijo alguna vez Juan García Ponce, “no es sino una intensificación de las emociones a la que no tiene ningún derecho a entrar nadie que pretenda preservarse”. Contar con un lector imaginario es obligarse a moverle el tapete.

Una de las grandes prerrogativas de la ficción, regateada a menudo por clérigos y burócratas mandones, está en su calidad de zona franca. Dentro de ella puede uno desear, pensar y experimentar cuanto le venga en gana, sin que quepa el derecho a reclamarle, por cuanto ocurre todo en su conciencia y de ella es soberano incuestionable. Las novelas germinan en la cabeza mucho antes de atreverse a manchar un papel. Si yo leo o escribo por placer, zozobra, morbo, manda, encomienda, ambición, filantropía o culpa, ello es asunto estrictamente mío y a nadie más compete su aprobación.

Conocí a la que hoy es mi esposa gracias a que es lectora empedernida. ¿Dónde anda su cabeza cuando lee? Lo ignoro por completo, pero igual me fascina. La veo ir y venir entre uno y otro como si en vez de libros fueran alfombras mágicas. Miro de pronto en ella a todos los lectores y disfruto a distancia de esa libertad íntima cuyos secretos nadie puede ver, y menos todavía calificar. Intentar controlar los pensamientos de quien viaja al leer —empeño candoroso, hay que reconocerlo— es ir contra las fuerzas de la naturaleza, puesto que la lectura implica en cualquier caso una liberación de la que no es posible regresar. Si entraste en el pellejo del ladrón o fuiste prostituta por algunos capítulos, yo diría que sabes demasiado.

Como autor, no pretendo la absolución de nadie, y como lector menos. La gente lee y escribe historias de ficción para extender las alas más allá de sus ínfimos dominios y vivir otras vidas que en la realidad le estarían negadas. Es un vicio y nos gusta demasiado para aceptar dejarlo alguna vez. Tiemblen de indignación, ideólogos y clérigos, que de eso también nos alimentamos.

Este artículo fue publicado en Milenio el 07 de agosto de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-12-06/8-cosas-que-he-aprendido-leyendo-50-libros-al-ano_1677966/

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