El precio del frenesí

Hoy en día, el boleto expedito al frenesí cuesta cincuenta pesos. Cien, si quieres viajar en esa suerte de primera clase cuyos usuarios llegan más pronto al infierno —por más que no se enteren y hasta se crean huéspedes del edén—. Doce horas de delirio, insomnio, inapetencia y placeres oscuros sin medida le esperan a quien viaja por primera vez en metanfetamina. Lavas un coche ajeno y con la paga compras tu boleto; lavas diez y ya tienes para dejar el mundo la semana completa. ¿Quién no puede pagarse tres días seguidos de energía sobrehumana y sexo desatado por un precio inferior al de una pizza? ¿Y quién no tiene ahí la vida que le queda para cubrir el costo entero del pasaje?

Electrolito, ácido muriático, efedrina, hidróxido de amoníaco, ácido clorhídrico, anticongelante, acetona, amoníaco, líquido de frenos, fósforo, freón, éter… Si ya la pura lista de ingredientes provoca escalofríos, tan solo imaginemos la higiene y los escrúpulos con los que la sustancia es fabricada en sabrá el diablo qué pocilga inmunda, por no hablar del estado mental del cocinero. Justamente el encanto de las drogas potentes tiene que ver con la poca importancia que cualquier otro tema tiene en comparación, una vez que eres presa del íntimo prurito de no bajar de ahí, aunque para ello tengas que triplicar la dosis o cambiar a otra vía de administración.

En los últimos años, el consumo de metanfetaminas se ha incrementado en cerca del millar por ciento. Hay una gran catástrofe en proceso, mientras el mundo mira hacia otra parte. Se dice que en los primeros tiempos de la pandemia, el cierre de fronteras había hecho escasear el infecto producto, pero la situación hizo crecer la lista de clientes cautivos a niveles que todavía hoy la cuarentena ayuda a disimular. ¿Quién, que viva de comerciar con estupefacientes, no sueña con tener al mundo entero encerrado, aburrido, ganoso y a la orilla del puchero?

La adicción a las drogas suele ser como ciertos romances en declive, donde ya no hay regreso a los días encantados del idilio inicial, de modo que al adicto le queda la impresión de cada vez dar más y recibir menos. Hoy inhalas cristal y todavía alcanzas a volar, pero la tolerancia del organismo crece y el efecto irá a menos hasta que llegue la hora de fumártelo, y cuando eso tampoco parezca suficiente solo te quedará la vía intravenosa, al tiempo que el placer va siendo sustituido por una paranoia que apenas cederá ante la jeringa, para inmediatamente multiplicarse entre mil escozores de pesadilla.

Nada hay más fácil —y al cabo más urgente— para quienes se entregan al deleite suicida de la química, que abandonarse por completo a sí mismos. Desentenderse de una vez por todas de todo compromiso con la higiene o la salud es también una forma de anestesia: se suprime el espejo de la conciencia en favor de un festín de los sentidos, mismo que se transforma en vil suplicio sin que el sujeto pueda acreditarlo. Que este horror, para colmo, esté hoy de moda, es un indicio aún más desolador de la fatalidad que ya está sucediendo: legiones de viciosos convertidos en zombis por razones que nunca fueron tales.

El daño neuronal que ocasiona la metanfetamina es cuando menos proporcional a las intensidades que convoca. Pues no solo se hace humo la voluntad; también el raciocinio y la memoria. Escuché estos horrores, entre muchos otros, de labios de un colega cuyos amigos han ido cayendo en el pozo insondable del cristal. Cuando menos lo piensan, ya llevan dos semanas de consumirse entre extremos deleites ininterrumpidos, de esos que en poco tiempo te hacen inmune a otros satisfactores y cualquier día te causan un infarto al cerebro. Gente que se hará vieja en un par de años, y para entonces no recordará que alguna vez fue gente. Y todo por cincuenta pesos el boleto.

Este artículo fue publicado en Milenio el 07 de agosto de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.drugabuse.gov/es/publicaciones/serie-de-reportes/abuso-y-adiccion-la-metanfetamina/que-es-la-metanfetamina

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