Contra la incompetencia

“Déjenme ser claro: capitalismo sin competencia no es capitalismo, es explotación”, escribió hace unas horas el presidente Biden en su cuenta de Twitter. Son legión, sin embargo, quienes prefieren verse guarecidos a la sombra de la incompetencia, cual si ésta resultara de por sí comprensiva, piadosa y amigable. Pruebe quien así piensa a trabajar bajo las órdenes de quien se sabe inepto y teme, con razón, que cualquiera podría arrebatarle el puesto. Un jefe así no puede darse el lujo de ser generoso, ni honesto, ni confiable; lo probable es que sea un cínico abusivo y tienda a ningunear a su subordinados diligentes. Por las mismas razones que tiene el desgraciado para hacernos lugar en su miseria, la ineptitud odia la competencia tanto como a sí misma.

Ser competente no es buscar ser mejor que los demás, sino algo menos torpe que el día anterior. Es, también, preocuparte por darle a los demás la versión más amable de ti mismo. ¿O es que preferirían aguantarte día y noche rumiando la amargura de saberte en el fondo insuficiente, incapaz, desechable? La sensación es harto familiar, tanto así que a menudo sirve como acicate para dejar atrás la postración, pero hay quienes consiguen acomodarse en ella, tanto así que pergeñan toda clase de excusas o se adhieren a creencias papanatas para justificar sus miedos inconfesos. El conformista odia la competencia porque no cree en sí mismo, ni soporta que existan otros seres capaces de apostar por sus capacidades. Si chapotea en el lodo, allí también nos quiere, bien contentos.

Nunca fui bueno para los deportes. Me recuerdo sufriendo en una alberca de la Ciudad Deportiva cuando me rebasaba el nadador de al lado, no muchos metros antes de la meta. Cuatro veces quedé en cuarto lugar y nunca más regresé a competir. No era, evidentemente, que los otros fueran inalcanzables, sino que así acababa por encontrarlos yo. Uno suele mostrarse tan pequeño como grandes resultan sus complejos, y en la infancia tienden a florecer. Y en vista de que es uno el del problema, cualquier día termina comprendiendo que el enemigo está dentro de casa. Competitivo no es quien derrota a los otros, sino quien es capaz de vencer sus temores y dar la cara a sus zonas oscuras.

Quiere el resentimiento del mediocre que su escasez de fe sea nuestra medida, so pena de tacharnos de ambiciosos. Cual si por fuerza el verbo “ambicionar” fuera digno de escarnio y reprobación. Ambición y avidez están lejos de ser la misma cosa (como tanto quisieran los gandules). Ambiciono volver a mi vida normal. Ambiciono el pozole del domingo en la tarde. Ambiciono, sin duda, mejorar en la práctica de mi profesión, y espero que los míos ambicionen de paso conservarme a su lado, para lo cual requiero mantenerme congruente con mis aspiraciones. Es decir, competente, sensible, alerta, próximo. ¿Querría acaso que mis seres queridos padecieran mi estúpida soberbia, o la poca confianza que temo merecerles, o mi pasmada falta de ambiciones? ¿Qué daño me han causado para darles la peor versión de mí? Carajo, llevo 15 meses encerrado: si eso no sirve para la autocrítica, es seguro que no tengo remedio.

Nadie que tenga por costumbre engañarse, y que por tanto viva engañando a los otros, puede aspirar a ser competente. Hace falta, ante todo, un compromiso serio con la honestidad para poner a prueba tus capacidades. Y no menos espero de toda aquella gente con la que cada día tengo que tratar. ¿Sería mucho pedir que aquellos que se llevan mi dinero a cambio de surtirme tal o cual producto se esmeraran en conservar mi preferencia? ¿En qué me beneficia que un proveedor carezca de rivales y me obligue a comprar lo que quiera venderme? ¿Por qué habría de darme precios competitivos?

Si hay una tiranía en esta historia, el tirano se llama incompetencia y nos quiere pescados del cogote.

Este artículo fue publicado en Milenio el 10 de julio de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.latimes.com/espanol/eeuu/articulo/2021-07-09/joe-biden-experiencias-consuelo-presidente

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