¿Estás ahí, dinosaurio?

Como la mayoría de los mexicanos, cuando llegué a este mundo el dinosaurio ya estaba maduro. Lo supe a edad temprana, merced a ser el nieto favorito de una veterana de la Revolución. “¿Y traías tu rifle?”, le pregunté una vez, casi orgulloso, y ella soltó una larga carcajada, puesto que en esos años era niña y vivía en un colegio de monjas. ¿Cómo entonces contaba con esa reluciente credencial, que al menos en el fondo de mi imaginación la tenía codeándose con la Adelita? Justo allí es donde entraba el dinosaurio, cuya vena magnánima distribuía pequeños privilegios entre sus valedores cautivos. Por eso el gran salvoconducto de mi abuela —viuda joven con dos hijos a cuestas— era su reluciente acreditación como miembro del único partido que entonces importaba.

La recuerdo, cada víspera de elecciones federales, refunfuñando anticipadamente porque otra vez tendría que fletarse como “voluntaria” en la casilla de votación. “¿Y si no vas?”, le preguntaba yo, con cándida insistencia. “¡Ni lo mande Dios!”, espetaba ella con los pelos de punta, temiéndose que el mínimo acto de rebeldía pudiera resultar en la pérdida de aquel estatus de cuasiheroína que tantas canonjías le significaba. Más que simpatizante o militante, mi otra madre era rehén del partido en el poder, y como tal debía hacerse la sueca cuando llegaba al fin la camioneta de la cual descargaban urnas llenas de votos falsificados, mismas que reemplazaban a las originales.

Por esta y muchas otras evidencias, nunca alcanzó mi abuela a imaginar un México democrático. Es decir que jamás fue, en términos estrictos, ciudadana, pues en vez de asistirle los derechos que la palabra implica, vivía, como tantos compatriotas, esperanzada en la presunta generosidad del gobernante en turno. Diríase con la mano extendida, allí donde los méritos pesaban siempre menos que la sumisión y toda la política no pasaba de ser la diaria práctica de un monoteísmo abyecto, redundante y fariseo donde no había prestigio más sonoro que el de genuflexo.

Siempre que mis mayores hablaban de estos temas, lo hacían en medio de algún cierto sigilo, y si era por teléfono se valían de eufemismos defensivos, convencidos de que alguien los espiaba. No eran, pues, mis mayores tan mayores, si tenían que esconderse para escupir su auténtico parecer. “¿Ya leíste a este maldito lambiscón?”, interrumpía mi papá a mi mamá, con el periódico en la mano izquierda y la derecha temblando en el aire. Porque una cosa era que las pestes no pudieran echarse al aire libre y otra muy diferente que se aplaudiera ante la aberración de apodar democracia al tutelaje rico en rituales vacíos de la so called Familia Revolucionaria.

El gran problema de los dinosaurios es que tardan en irse, y en un descuido vuelven. Crecimos, finalmente, bajo su férula. Nadie nos enseñó a ser ciudadanos, ni a defender las pequeñas conquistas que no obstante nos dieron, ya en el siglo XXI, la mayoría de edad frente al poder. Tuvimos que aprender a trompicones que democracia es la palabra mágica que cambia la esperanza por la exigencia. Suena bonito, claro, pero exigir es también exigirse, y para eso hace falta madurar. El niño se hace adulto por la misma razón que el indolente se transforma en ciudadano: ya no pueden seguir dejándose engañar. Les toca alzar la mano y decir “aquí estoy”.

En los últimos tiempos he visto a innumerables amistades convertirse en ardientes ciudadanos. Si antes eran discretos para despotricar, hoy lo hacen con vehemencia jacobina, no tanto porque busquen significarse como por los indicios recurrentes de lo que la política puede hacer con la vida de la gente cuando la gente da la espalda a la política. Vivir la democracia, practicarla, es saber que no puedes permitirte ese lujo. Que eres mayor de edad y sabes lo que quieres. Que el poder no está allí para lucirse, sino para servirte. Que el dinosaurio no te va a sepultar.

Este artículo fue publicado en Milenio el 29 de mayo de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://politica.expansion.mx/voces/2021/03/30/elecciones-2021-salud-e-informacion-desafios-de-la-jornada-electoral-2021-columna-invitada

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