La droga del poder

Había una vez un niño que volaba. Lo descubrió de pronto, mientras hacía pipí detrás de un ahuehuete. Cada nuevo chorrito, aun el más exiguo, lo elevaba unos metros sobre el suelo. Pronto, a medida que vaciaba su vejiga, se vio flotando encima de las nubes. Pero lo más extraño era que la vejiga parecía guardar cantidades inagotables de combustible, así que no tardó en creerse más allá de las leyes naturales. La gravedad que a otros derrumbaba como sacos de papas, a él le hacía reír en las alturas. Súbitamente un grito le erizó la pelambre: era su madre, que no solía volar y ya lo regañaba por empapar la cama durante el sueño.

Según afirman algunos intrépidos, la gracia de volar —una avioneta, un ala delta, un ultraligero— no está en cruzar las nubes, sino en hacer piruetas. Más grande todavía que la satisfacción de llegar alto es la de creerte a salvo de caer, y eventualmente conseguir demostrarlo. “¡Mira, mamá, sin manos!”, se pavonea el niño ciclista del antiguo chiste, justo antes de estamparse en el asfalto con todo y dentadura. No basta, pues, volar; hace falta el alarde. Poder decir que lo has hecho de gorra, para que quede claro lo poco que te afectan los obstáculos que frenan al común de los mortales. Sentirte inmune a todo, como en sueños.

Nadie que sea mortal tendría que pensarse invulnerable, pero la fantasía es caprichosa; en especial si nace de una droga dura, como sería el caso del poder. Cualquiera que haya visto a un cocainómano conducirse con modos de tirano sabe cuán irrisoria es la importancia que pretende darse, y por supuesto entiende que de aquí a pocas horas el valentón se habrá convertido en piltrafa. No por nada la coca goza de un gran cartel entre los prepotentes, si los hace volar en la certeza de que las pueden todas y con todos.

Para quien pierde el sueño por tenerlo, el poder es la coca que nunca se termina, y su efecto es tan fuerte que promete al usuario jamás bajar de ahí. Supongo que eso explica en alguna medida la reciente incidencia de abusos, escándalos y crímenes entre quienes se saben poderosos y se asumen, como el niño volador, inmunes a la fuerza de gravedad. La sola idea de tomar precauciones antes de cometer alguna fechoría, como lo haría un hijo de vecino, les sonará ridícula y quizá ofensiva para su investidura —esto es, para su estado de intoxicación—, si el chiste es regodearse en la pirueta y demostrar que el diablo les hace los mandados.

De más está decir que los adictos graves al poder padecen de carencias infinitas, si son a todas luces insaciables. Habrá quien se pregunte cómo es que semejantes ansias de dominio no alcanzan para moderar o siquiera ocultar sus mañas sociopáticas, pero es que a ellos les gusta que se note. Si han de abusar, que sea a los cuatro vientos, para que quede claro que las leyes no pueden alcanzarlos. ¿Y no era Donald Trump, ese junkie del poder, quien se jactaba de poder cometer un asesinato a media Quinta Avenida, sin por ello perder un solo voto? ¿Verdad que a la distancia parecería la conjetura de un cocainómano?

Ser poderoso en México ha supuesto, por demasiados años, ubicarse más allá de las leyes: en ese territorio de excepción donde nunca escasean los salvoconductos para volar de gorra sin miedo a las alturas. Y no es que quien se jacta de poderoso sea, en efecto, inmune a la gravedad, sino que está viviendo delusiones apenas diferentes a las del cocainómano que se niega a poner los pies sobre la tierra y solo tiene oídos para los ecos de sus propios delirios. Dentro de su cabeza, los ebrios de poder vuelan alegremente por la estratósfera, pero uno que los mira sabe que están orinando las sábanas.

Este artículo fue publicado en Milenio el 24 de abril de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.motorpasion.com.mx/industria/trump-cierra-frontera-industria-automotriz-ee-uu-mexico-se-afectarian-igual

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