Antes de quedarme mudo

Solía contar mi abuela que ya en sus años mozos la gente hacía burla del Manual de Carreño, donde entre numerosas exhortaciones se invitaba al lector a evitar los ronquidos al dormir, sintomáticos de “una educación descuidada”. Pues la gente decente, columbraba el autor, lo sería no solo en sus cinco sentidos, sino asimismo durante la inconsciencia.

Más que franquear las puertas de las altas esferas a los recién llegados empeñosos, aquel compendio de cortesías absurdas e impracticables contribuía a ponerles sobre aviso en torno al hermetismo de una sociedad rígida, regañona y ridícula donde nunca hallarían acomodo, por más que consiguieran la proeza de enseñarse a dormir sin roncar.

Hoy (nos gusta decir) las cosas han cambiado, aunque no necesariamente para bien. Verdad es que roncamos todo cuanto queremos sin que por eso se nos juzgue mal, y hasta puede entenderse que a lo largo del sueño soltemos disparates en voz alta, pero el resto del tiempo hay que pensar dos veces antes de abrir la boca en sociedad. No es ya asunto de educación o cuna, sino de hablar cuidando las palabras, no sea que alguien se ofenda y exhiba nuestros malos sentimientos.

Cada día que pasa crece el catálogo de palabras proscritas. No porque no sean útiles, sino porque alguien las encuentra ofensivas, o se teme que así podrían ser juzgadas, de modo que en su sitio recurrirá a eufemismos pudibundos y un tanto abigarrados, como quien se santigua para quedar del lado de la gente buena. Pues si antes condenaban la mala educación, ahora viven alertas contra la mala entraña que el uso del lenguaje podría delatar. No se espera que sea uno decente, sino exclusivamente cauteloso. Cual si abriera la boca frente a una batería de inquisidores.

Nadie condena el uso de una palabra viva sin negar una parte de la realidad. Se equivoca como un tigre vegano quien piensa que a ésta se le puede enmendar a través del lenguaje. Puede uno por supuesto bautizar a la mierda como se le antoje, pero ni aun el nombre más hermoso le quitará el problema del mal olor, ni evitará que siga siendo mierda. Hasta donde se sabe, nunca ha existido una calamidad que resolviera la mojigatería, y sí en cambio millones por ella ocasionadas y agravadas. Disimular las cosas no las cambia, y muy probablemente ayude a perpetuarlas.

Toda esa alambicada cortesía que elude las palabras puntiagudas, prodiga redundancias zalameras y raramente evita la cursilería, parte de la asunción o la sospecha de que se habla con gente acomplejada. Es decir, se les mira por encima del hombro, por eso tantas falsas atenciones. Y si acaso llegaran a expresar una opinión lunática, perversa o claramente idiota, no cabrá más respuesta que el interés fingido y el elogio gratuito: síntomas de un inmenso menosprecio que sin embargo sabe quedar bien. ¿Pero qué pensarías si, al momento de hablarte, la persona explicara que cuida sus palabras porque sabe que sufres de incontables complejos?

Si ahora, a estas alturas de la columna, me impusiera el quimérico deber de quedar bien con la totalidad del público lector, tendría que empezar por limar los renglones palabra por palabra, hasta estar bien seguro de no haber dicho algo fuera de lugar. Nada potencialmente ofensivo, ni raro, ni conspicuo, y menos todavía personal. Sería anodino con todas mis fuerzas, de manera que nadie se sintiera tentado a resaltar una sola de mis observaciones o, Dios no lo quisiera, concederles alguna originalidad. Escribiría, aún así, con las manos temblonas y los nervios de punta, o sea con mucho miedo de incomodar en algo a quién sabe qué miembro de una sociedad rígida, regañona y ridícula, y a sabiendas de que tarde o temprano terminaría por quedarme mudo, temiendo que inclusive mi silencio pudiera malquistar a un par de fariseos quisquillosos. Afortunadamente, no escribe uno para acomplejados. Qué descanso, carajo. _

Este artículo fue publicado en Milenio el 03 de abril de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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