“Último vieja”

Uno de los primeros recuerdos en la vida de un niño suele ser la vergüenza. Indomable, monstruosa, incandescente, aunque también ridícula y estúpida como quien se miraba a su merced y no atinaba más que a lloriquear: motivo suficiente para hacerla crecer porque “las lagrimitas son cosa de niñas”. No había entre nosotros, por supuesto, uno que no chillara llegada la ocasión, pero el mito bastaba para evitar el llanto a toda costa, so pena de ganarte la ignominia y con ella la saña de tus iguales.

Alguna vez mi padre me contó la desgracia de un primito cuyo papá energúmeno lo tundía a palos cada vez que se hacía pipí en la cama, hasta que cierta noche lo enfundó en un vestido de la hermana mayor y le tomó una foto “para corregirlo”. Desde entonces lo amenazaba con mostrársela al resto de la familia, y yo lo imaginaba a sus cinco años berreando y suplicando delante de la cámara, tal cual decía mi consternado padre que se miraba el niño en la fotografía. Seguramente aquel tío psicópata no imaginaba qué tan lejos llegó su ejemplo espeluznante, pues a esa historia debo más de una pesadilla en la niñez. No lo decía, eso sí, pues temía que aquel pavor recóndito fuera cosa de niñas. Tenerle miedo al miedo: he ahí una cualidad muy masculina.

“Último vieja”, solían sentenciar los varoncitos a la hora de pegar la carrera. Y uno, que corría chueco, lento y mal, pujaba inútilmente por no hacerse acreedor al pitorreo ajeno, aunque muy en el fondo suspirara por sentarse a jugar con una de esas niñas que tanto le gustaban y a las que no era lícito arrimarse. Parece todo cosa del pasado remoto, y no obstante esos monstruos siguen vivos. No pocos hombres viven convencidos de que el miedo es asunto de mujeres y confesarlo es parecerse a ellas: horror de los horrores.

Hace unos pocos días, en ocasión del Día de la Mujer, se me ocurrió escribir en mi cuenta de Twitter la siguiente sentencia: Este país empezará a ser otro el día que los hombres tengan los pantalones para sacar la cara por sus madres, hermanas, hijas, novias, amigas compañeras y esposas y marchen por las calles con una falda puesta. Era quizá una provocación, y como tal causó numerosos respingos entre quienes se vieron afrentados de solo imaginarse en ese trance. Era asimismo una propuesta seria, tanto como la alarma, el asco y el rechazo que despierta en la gente decente la violencia machista desatada.

Justo es reconocer que varios aguerridos aplaudieron la idea y se apuntaron, pero otros me cubrieron de denuestos. ¿Es decir que después de tantos años conservan todavía aquellos caballeros el pánico infantil a ponerse en el sitio de una dama, así sea su madre? ¿Les mata de vergüenza la posibilidad de hacer reír al prójimo? ¿Temen que luego de eso ya nada sea igual?

Entre muchas respuestas femeninas, una chica contó que no usa falda desde los 13 años porque a esa edad un hombre abusó de ella. “¡Se me verían los ‘desos’!”, exclamó algún zopenco, en son de guasa. Y es que la enagua te hace vulnerable, tanto como el solo hecho de ser mujer, ahí donde los machos cobardones darían cualquier cosa por jamás parecérsete. ¿Pero qué sabe un garañón de a peso del valor que hace falta para enfrentarse al mundo con las faldas bien puestas? ¿Y no es acaso más dura y valiente quien crece y sobrevive nadando ancestralmente contra la corriente y enfrentando el prejuicio de tantos impotentes inconfesos? En un país como éste, señoras y señores, se necesitan huevos para ser mujer.

Tengo el orgullo de haber sido educado por dos mujeres fuertes y bragadas —mi abuela, mi mamá— y vivir junto a otra —el amor de mi vida— a la que cada día me parezco más. No es, pues, a causa de ellas, sino por tantos machos de lengua incontinente, trasero timorato y maneras simiescas, que a veces me hace polvo la vergüenza. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 13 de marzo de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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