Terapia de fugitivos

Seguramente apenas te das cuenta, porque estás en la casa y en teoría no te falta nada, pero es otra vez marzo y el bombardeo nomás no se detiene. El celular, el radio del vecino, el noticiero, las redes sociales y los múltiples ecos de tanta solitaria incertidumbre pegan como metralla en el cerebro, con tal asiduidad que en alguna medida te has ido acostumbrando. Se suceden, no obstante, los momentos de hartazgo que una mínima chispa de tristeza transformará en histeria soterrada. Y es en medio de un episodio así que resuelves huir de tu guarida, a sabiendas de que no hay hacia dónde. “¡Al demonio!”, te dices, y abandonas el teléfono móvil y el reloj, por obra de un instinto que al menos sabe bien de qué se escapa.

A un año de vivir a su merced, el celular se ha vuelto algo no muy distinto a la ventana de un calabozo. ¿Cuántas veces te asomas en un día, solo para saber que el mundo sigue ahí? Ya de camino hacia quién-sabe-dónde, sientes la compulsión de checar los mensajes, los correos, los tuits… y enseguida el alivio de mirarte perfectamente ilocalizable: pecado capital del siglo XXI. ¿Será quizá por eso que el aire frío que escapa del tablero tiene un regusto de piña colada? ¿Verdad que es un deleite inenarrable pensar en las llamadas y mensajes que se van a quedar esperando respuesta? ¿Por qué no de una vez apagar esa música y entregarte a escuchar la voz de tu alma? A veces hace falta salir de donde estás para entender la clase de infierno en el que estabas.

Es un día hábil cualquiera, a mediodía. No habrá muchos que huyan despavoridos, como tú. Tomas la carretera vieja a Cuernavaca en la certeza unplugged de que no hay prisa, y a medida que avanzas entre arboledas y camiones de redilas va creciéndote dentro una calma profunda, apenas alterada por muros sucesivos atiborrados de propaganda política (representación gráfica y especialmente horrible de aquella gritería que hace una hora te lanzó a las calles). De rato en rato ves algún paisaje inusitado y te llevas la diestra al bolsillo, solo para caer otra vez en la cuenta de que no tienes con qué tomar fotos. Qué descanso, ¿no es cierto? Se te ocurre encender el GPS del coche, pero como no sabes adónde ir, te conformas con ver los señalamientos e ir eligiendo los más sugerentes.

Una hora más tarde, ya de camino a Taxco por una carretera dulcemente vacía, vienen a tu cerebro recuerdos fragmentarios de las noticias de hoy, y las de ayer, y las del último año en cuarentena. Toneladas de insultos, demagogia y mentiras, más los miles de réplicas y contrarréplicas que acaban por fundirse en un gran mazacote desconsolador. La misoginia pueblerina en boga entre quienes se juran progresistas. La ideología de tintes religiosos por encima del sentido común. El ulular sin fin de las ambulancias que ha acabado fundido al horizonte. La cuenta de los muertos mexicanos que está por rebasar el medio millón —la duodécima parte de los judíos muertos en el Holocausto—. ¿Qué hace uno con toda esa información, aparte de jalarse los pelos en su hogar?

A falta de un destino más o menos concreto, encuentras que es mejor esta road movie que la función de horror en la que andabas. Tiempo de estar contigo y hablar solo, sin que un aparatejo te interrumpa. Ruedas luego sin rumbo por las calles de Taxco y adviertes, con alivio profiláctico, que no hay un solo hueco para estacionarte. Solo queda volver, sin bajar de tu cápsula.

“Nadie sabe dónde ando”, te refocilas, de vuelta al camino, como cuando pintabas venado en el colegio. Y también como entonces, volverás a la casa con algún cierto orgullo por la travesura de probar que eres libre, así sea por un día, y que el resto del mundo es aún todo tuyo. Ya mañana tendrás la fuerza suficiente para encender el maldito teléfono. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 06 de marzo de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.horacero.com.mx/tecnologia/rastrea-la-ubicacion-de-tu-celular-aunque-este-apagado/

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