47 semanas

No sé ustedes, pero yo no estoy bien. Informo, por supuesto, a quien me lo pregunta, que me siento tranquilo y no permito que el encierro me afecte. Que administro mi tiempo escrupulosamente: mentira descarada, aunque piadosa. Que sigo trabajando y tengo muchos planes, lo cual no por ser cierto es menos relativo, amén de intermitente y a menudo tortuoso. Prefiero eso a quejarme, en todo caso, no tanto porque quiera dármelas de duro como porque me niego a entrar en la espiral de la autocompasión, que como es bien sabido no tiene fondo. Y si ahora mismo escribo de estas cosas no es porque en modo alguno me crea especial, sino al contrario: somos legión los que estamos así.

Reconocer que es uno privilegiado porque no tiene que andar en la calle es también una forma de negar la telaraña que le crece adentro. Me irrito fácilmente, aunque hago cuanto puedo por disimularlo, y quién sabe si no sea también un modo de podrirme con cierta pulcritud. Tropiezo a cada rato —mañana, tarde, noche o madrugada— con pensamientos turbios, temores desatados y expectativas más o menos catastrofistas, entre otros esperpentos a los que espanto a ratos respirando profundo por un par de minutos. “No estoy bien”, me repito, con el único fin de hacerle poco caso al clamor de mis monstruos interiores. Para el caso, mejor tirarse a loco que al abismo.

No faltará quien crea que está uno deprimido, pero lo cierto es que muda de humores con la frecuencia que consulta el reloj. Queda esta sensación de que las horas pecan de infinitas y los días resultan pasmantemente cortos. Por no hablar de esas noches maratónicas en las que está uno a solas con su celular —ayer de madrugada se me ocurrió tuitear sobre el asunto y no había amanecido cuando el tuit ya pasaba de 300 “me gusta”—. Y si tuvo la suerte de dormir de corrido, nada raro será que se levante más cansado que cuando se acostó.

Ya sé que hay mucha gente —millones, cómo no— cuyo calvario es incomparablemente más opresivo, y de hecho funesto, pero esa es otra piedra en el costal. ¿Quién se queda tranquilo luego de ver cualquiera de las escenas conmovedoras, cuando no dolorosas o dantescas, que le llegan del mundo exterior? ¿Cómo se saca uno de la cabeza el video de aquel pobre infeliz que agonizó y murió frente las puertas de un hospital público, entre el llanto y los gritos de sus familiares? ¿Y qué se hace con tantas muestras de negligencia, insensibilidad, ineptitud, ignorancia y soberbia en quienes todavía a estas alturas tratan de echar la mugre debajo del tapete y pretender que aquí no pasa nada?

No sabría decir en qué he cambiado a lo largo de las 47 semanas que llevo aquí, paliando incertidumbres. Tampoco sé muy bien qué exactamente ocurre con mis semejantes, pero es claro que no somos los mismos, ni quizá merezcamos más confianza de la que inspira un desequilibrado.

Solemos estar a la defensiva, como ocurre a la gente que se ve acorralada, y de pronto encontramos un consuelo fugaz en razones tiradas de los pelos, menos porque parezcan convincentes que por el puro peso del desasosiego. No vayamos más lejos: ahora y aquí me aferro a estos renglones para buscar sentido a lo que no lo tiene y pretender que estoy tantito por encima de la situación (para segura sorna de mis monstruos).

No sé ustedes, decía, pero quien esto escribe tiene la sensación de vivir a toda hora en el error (ya que el acierto es lujo inalcanzable), como los tripulantes de una barca cuyo rumbo no pueden corregir, y ante el abatimiento recurrente me da por recordar que no estoy solo en este exilio amargo, de manera que dejo aquí estas líneas con el único fin de abrazar en silencio a quien se mire en ellas. Con todo el corazón. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 06 de febrero de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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