Con la vida a flor de piel

Siempre que a uno le invade un sentimiento raro o inusual, tiende a pensar que es solo cosa suya. Toma tiempo advertir que lo que se creyó íntima inquietud resulta apenas síntoma de una calamidad más extendida, de la que sin embargo pocos hablan porque difícilmente están seguros de que para alguien más resulte relevante. Rara vez, además, queda tiempo para estas especulaciones y corremos el riesgo, al sugerirlas, de ser tomados por extravagantes. A menos que vivamos en un tiempo de locos y ni los desvaríos más notorios nos parezcan del todo pintorescos.

Son días de hablar quedo, aunque profundo. Intenta uno al teléfono la cháchara ligera y al primer parpadeo se desvía hacia temas comúnmente tratados en divanes y confesionarios. Cosas que te perturban, o te escuecen, o te quitan el sueño últimamente, más las ideas de pronto constructivas que llegan al rescate y acaso se traducen en gestos y expresiones de afecto de las que no solías echar mano. Es como si viviéramos con un amago de puchero en la tráquea y esperásemos solo a que alguien apretara algún botón propicio para entrar en honduras y abrir puertas del alma que no suelen estar disponibles al público, y a veces ni siquiera a las personas que nos son más próximas. O como si cayéramos poco a poco en la cuenta de que la muerte sigue rondando por aquí y se ha hecho tarde para fruslerías. “Tengo algo que contarte…”, arranca el rompehielos de los tiempos inciertos.

Me queda la impresión de que estas mismas líneas pecan de sintomáticas. Preferiría escribir con gracia y ligereza, como cuando uno puede pagarse el lujo de hablar sobre nada y reírse de todo, pero ocurre que el síntoma es tan amplio como el espectro de calamidades que en los tiempos recientes hemos padecido. Ya la mera pregunta “¿cómo estás?” parece menos fórmula de cortesía que especie de sarcasmo avinagrado. “¿Cómo quieres que esté?”, tocaría responder, pero ya la llamada ha surtido un efecto bienhechor que invita a prolongar su amable duración, como si de algún bálsamo se tratara, y eventualmente entrar en el terreno de las confidencias. El infortunio a veces nos suelta la lengua, igual que la presencia de un virus pernicioso echa a andar batallones de anticuerpos.

Por si esto fuera poco, ya es diciembre. Se va acercando la hora de recapitular en torno al que sería el año más unánimemente vacío del historial humano, si no se interpusieran a menudo los sentidos en el naufragio del alma, y viceversa. Quiero decir que al cabo de estos meses entre contemplativos, desesperados y paranoicos, no ha sido solo la difícil ligereza sino también el grito de sentimientos largamente sepultados, la parte saludable de pandemia y encierro. Si antes de 2020 creía uno conocer a sus amigos, hoy basta una llamada telefónica para asomarse a las recónditas flaquezas que muy probablemente jamás imaginamos porque tampoco ellos las consideraban, o tan bien las tapaban que las daban por muertas y sepultas. Hoy más que nunca, la supervivencia supone estar al tanto de tu fragilidad.

Frágiles somos todos, y cuando menos algo acomplejados. Vamos, que se nos nota en estos días, por más que hagamos bromas y pretendamos estar habituados a una normalidad de pacotilla, donde lo más sensato es escandalizarnos si algún inconsecuente amenaza con asestarnos un abrazo. Son, por supuesto, unos tiempos de mierda, de esos que dan lecciones importantes y eventualmente algunas satisfacciones, como sería la de vivir para contarlo y darse a recordar aquellos días raros en los que uno buceó en sus sentimientos y fue como si abriera un desván tapizado de telarañas y cargado de objetos invaluables. “Ando sentimental”, dice la gente en estas circunstancias. Y si acaso está lejos, se arrima con palabras, al calor del momento, a quien esté del otro lado de la línea. Una escena normal, en días como estos. No por casualidad decía Alfonso Reyes que la vida se prueba por sus extremos. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 12 de diciembre de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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