Adiós, pesadilla

Es la tercera noche desde las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Diría que estoy sentado como un zombi frente a la transmisión, pero hasta donde sé a los zombis no suelen rechinarles las muelas. La pantalla, por suerte, es generosa en cifras y éstas tienen poderes analgésicos ante el desasosiego por ahora imperante. Los números nos dan un control ilusorio sobre la realidad, o sobre los estragos que su percepción causa. Apunto desde ayer, en sobres y pedazos de papel, aluviones de sumas, restas y porcentajes a partir de los datos que he ido pescando sin otro fin que el de calmar los nervios.

A juzgar por el ruido en las redes sociales, somos todo un gentío los trasnochadores. Asistimos a un juego electrizante con marcadores múltiples y dosis tenebrosas de incertidumbre. Arizona. Nevada. Carolina del Norte. Georgia. Pensilvania. Puede uno hacer, ya sé, cosas más constructivas con su tiempo, pero ocurre que le carcome el coco no saber si es el fin o solo el intermedio de cierta pesadilla anaranjada por cuya causa el mundo está hoy en vilo. Cuatro años de racismo, vileza, desfachatez, abuso, grosería, calumnia y autoritarismo, entre tantas afrentas, provocaciones y atropellos, han dejado a su paso una huella pringosa que se expresa en el miedo que logró inocular el bravucón, pues por más que los números lo estén ya acorralando, no falta quien lo crea capaz de cualquier cosa y hasta lo mistifique sin querer. Como en una película de James Bond, se espera que el villano de la historia tenga ciertos poderes descomunales y se comporte cual mamarracho rampante.

Si creyera en mis cálculos silvestres —según los cuales el candidato Biden está a muy pocas horas de tomar una delantera irremontable en Georgia y Pensilvania— ya estaría roncando desde hace un par de horas, pero he aquí que el efecto relajante de las cifras no alcanza para conciliar el sueño, y de hecho lo espanta como a un advenedizo. Se comenta con sorna, en el velorio de quien tuvo la fama de canalla, que muchos de los deudos vienen armados de un discreto alfiler, de modo que un piquete en el cadáver certifique su calidad de fiambre. Algo no muy distinto lo tiene a uno aquí en vilo, si ni siquiera los especialistas consiguen convencerle de que la voltereta en Georgia es inminente. 1267, 665, 463… Por alguna rejega sinrazón, necesito observar el salto en la pantalla: ese instante glorioso en que el número rojo cambie a azul y me permita el lujo de vaciar los pulmones largamente.

Veo los números quietos en la televisión, esperando algún salto intempestivo, y en vez de eso termino memorizándolos. En una de las pausas, aparece una sucesión de cubrebocas en variados diseños y tamaños, seguidos de un mensaje no exactamente ajeno a la elección: “Un cubrebocas puede decir mucho de quien se lo pone, pero dice aún más de quien no…”. ¿Y no es precisamente el enemigo número uno de los cubrebocas quien ve ahora sus números desbarrancarse, tanto así que también se ha desvelado y a media madrugada sigue esparciendo el odio por la tuitósfera? Para cuando la voltereta ocurre y el 463 de Trump se mueve a 917 para Biden, resuenan todavía los chillidos del virtual perdedor. “Ese era el presidente de Estados Unidos, la persona más poderosa del mundo, y hoy lo vemos como tortuga obesa bocarriba, zangoloteándose al rayo del sol, certificando que su tiempo se acabó”, comentó Anderson Cooper en CNN unas horas atrás, en torno a sus recientes infundios incendiarios. “Ese era…”, había dicho, y era esa la noticia.

“Ciencia”. “Conciencia”. “Decencia”. ¿No será que ya es hora de empezar a sacar estas y otras palabras del desván al que nunca debieron ir a dar? Con estos constructivos pensamientos he apagado la luz, pero al cerrar los ojos caigo en la jubilosa tentación de imaginar una tortuga gorda bocarriba. Hace rato que no me rechinan las muelas.

Este artículo fue publicado en Milenio el 07 de noviembre de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.eluniversal.com.mx/mundo/elecciones-eu-texas-y-florida-estados-clave-pelean-por-el-voto-en-eu

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