Aprendiendo a perder

“Solo quiero decir que el fin de la pandemia está a la vista, y que el año que viene será uno de los grandes en la Historia de nuestro país”, escucharon decir al presidente Trump, a través de un video, los asistentes virtuales a la cena anual de la Fundación Alfred E. Smith. Tres horas más tarde, sabría el mundo que el Negador en Jefe del covid-19 había terminado por infectarse.

No por casualidad Donald Trump arrasó, entre otras tantas cosas, con el guion de la serie House of Cards, que después de él parece cándida y deslavada. Pues si sus creadores se esmeraron en desvelar las verdades horrendas tras las patrañas más decorativas, el hasta hoy inquilino de la Casa Blanca ha dejado bien claro que la verdad le estorba en su totalidad. Diría Perogrullo, sin embargo, que el problema con Trump ya no es tanto que nada sea verdad, como que todo resultó mentira. Si la era trumpiana fuera un culebrón, parecerían estos sus momentos climáticos: perdonando el implícito sarcasmo, al impostor se le ha caído la careta.

Hoy sabemos que Donald Trump está lejos de poseer los miles de millones de dólares de los que se ha jactado con virtuales megáfonos. Como tantos trepadores sociales, lo que él entiende como su prestigio no es más que una entelequia tan gaseosa como el conjunto de su palabrería. Teme, por eso, más a la fama de pobretón que a la de estafador. Su vida entera gira en torno a la prosperidad material llevada hasta los últimos peldaños del mal gusto, y eso incluye que todo, de los campos de golf a los rascacielos, pasando por casinos y complejos turísticos, que termina siendo mera utilería: el espectáculo de la riqueza insultante se sostiene a costillas de quiebras amañadas, evasión fiscal, manejos abusivos y toneladas de autopromoción. Nada que sea verdad, vale insistir.

Viven los impostores huyendo hacia adelante, como en una road movie donde la realidad ya respira en la nuca del bandido. No puede negociar, ni recular, ni retirar su apuesta sin que la realidad se le venga encima. Solo tres noches antes de reconocerse enfermo de covid-19, el candidato Trump hacía mofa de Joe Biden y sus cubrebocas, precisando que él solo los usaba cuando pensaba que era necesario. Con 200 mil muertos y el Negador Mayor presa del mismo virus que en su momento tanta risa le dio, ¿cuánto podría valer el criterio maltrecho de un bravucón que acaba de visitar la lona?

Además del discurso del presidente, que aprovechó la cena de marras para pedir tres veces que votaran por él, hablar sentidamente de Dios y difamar de paso a los demócratas, Joe Biden invitó en otro video a renovar “la fe en la verdad, la ciencia y la razón”. Todo un grito de guerra en tiempos populistas. Vista en retrospectiva, la trama es de una precisión escalofriante. Antes de que el magnate de mentiras pueda reírse de su contrincante, medio mundo se está burlando de él. O eso al menos tendría que temerse, pues de verse en el sitio de sus malquerientes no dudaría en pitorrearse del recién caído.

Sabe Donald que saben que apesta a perdedor, como seguramente lo temerá más de uno entre los suyos, con esa titubeante discreción que delata a los desertores del mañana. Gente que aún está allí por ambición o miedo, y en resumidas cuentas por lo pronto. Lo habrán visto salirse con la suya infinidad de veces, tras consumar uno y otro atropello con la misma soltura que interrumpe, devasta y avasalla a cualquier oponente. ¿Cómo es que ahora cada una de sus burlas, además de amenazas, patrañas e insultos a granel, le rebota en la cara con renovadas dosis de ironía? ¿O es que a alguien le hacen falta más palabras que las del Trump de ayer para hacer picadillo al Trump de hoy? Nadie mejor que Trump debe saber que un verdadero perdedor es el que puede hacerlo sin ayuda.

Este artículo fue publicado en Milenio el 03 de octubre de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.semana.com/noticias/donald-trump/

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