Entre morir y matar

No es problema de creencias, ni cuestión ideológica. Tampoco es un asunto de opiniones, y menos todavía tiene que ver con dotaciones personales de testosterona. Estamos en mitad de una emergencia, la más grande y terrible que nos haya tocado ver —cuando menos en México— y es ya tan tarde para discutir como para traer de vuelta al más de medio millar de mexicanos que oficialmente han muerto cada día, en promedio, del principio de mayo para acá, debido solamente al coronavirus. Más de mil 500 diarios, según acusan cifras concluyentes, pero insisto en que es tarde para discusiones. Así fuesen 500, mil o 5 mil, son todos números inconmensurables. ¿Qué otro tema debería merecer la mínima atención, al lado de tragedia semejante?

No hace falta citar los números recientes: nuevas marcas funestas cada día, registradas en estas mismas páginas; baste con observar que lo peor está todavía por delante, como lo estaba tres meses atrás y quizá lo estará aún al fin del verano. No sobra, por supuesto, acopiar un poquito de fe, pero ello es tan difícil como encontrar a quién diablos creerle. Pues si para saber lo que ocurre en mi pueblo tengo que consultar lo que dicen afuera y confrontarlo con las mentiras locales —ahí están, en video, aunque no todo el mundo quiera verlas—, seguramente es tiempo de atenerse a la ley del sálvese-quien-pueda.

Creo saber que entre mis derechos ciudadanos no se cuenta el homicidio imprudencial. Si las autoridades me pescaran borracho y al volante, me llevarían de inmediato a encerrar; y si antes de eso mato a algún inocente, sobrarán los motivos para considerarme un asesino. ¿Cómo es posible entonces que entre tantas desgracias tenga uno el derecho de ir y venir sin cubrebocas? Pues no se trata, como ya bien sabemos, de la propia salud, como del traído y llevado derecho ajeno. Si por algún motivo necesito salir a la calle, tengo derecho a no padecer la inconsecuencia criminal de los desaprensivos. Y asimismo tengo la obligación de taparme la boca y la nariz, ya no por cortesía ni por civilidad como por las elementales razones sanitarias. No por miedo a morir, sino a matar.

Nunca será lo mismo jugarse la vida que poner en juego las vidas de los otros. Quienes van por ahí sin protección no son, como Pancho Pantera, fuertes, audaces y valientes, sino tristes matones en potencia. Suena severo, es cierto, pero entre ayer y hoy las cifras oficiales registran poco menos de seis infectados por minuto, conservadoramente. Es decir que si al menos cada 10 segundos ocurre un nuevo contagio, nadie que haya asomado la nariz a la calle puede tener certeza de estar sano. ¿Vemos con buenos ojos, por ejemplo, que quien no está seguro de estar sobrio insista en manejar, para colmo a muy alta velocidad?

Tal vez lo más escandaloso de este asunto sea tener que abundar en lo obvio. Nunca, que yo recuerde, fue noticia pequeña en mi país la muerte de 500, 700, 900 personas. Algo que ahora pasa todos los días, sin que parezca cosa del otro mundo. A las autoridades, por lo visto, les basta con ahorrarse los dramas de hospital para cambiar de tema con total desparpajo: si han de morirse tantos infelices, mejor que lo hagan en la oscuridad, sin recibir siquiera atención médica, puesto que ya se ve que muerte y sufrimiento no son temas lo bastante importantes en la abultada agenda nacional.

El peor camino para enfrentar una emergencia es, desde luego, empeñarse en negarla o minimizarla. Lo que hacemos de niños, o hasta de adolescentes, pero ya no después sin pagar consecuencias. Tenemos hoy, delante de nosotros, una inmensa montaña de cadáveres que crece cada día escandalosamente. Mirar hacia otro lado, soslayar la evidencia o pretender que nada está pasando es también una forma de multiplicarlos. Cuando despierte, al fin, no le extrañe al valiente irresponsable que le llamen estúpido asesino. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 01 de agosto de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.eleconomista.com.mx/politica/Mexico-cierra-julio-como-el-tercer-pais-con-mas-muertos-por-Covid-19-20200731-0074.html

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