La pena y el encono

No entiende uno, de niño, por qué repiquetean los teléfonos después de un terremoto insignificante. “¿Cómo te fue de temblor?”, preguntan sus mayores, no sin alguna dosis de exageración, hasta que con el tiempo va entendiendo que esas atenciones son reacción natural entre quienes se precian de ser civilizados. Más que un tema de buena o mala educación, tiene que ver con sentimientos básicos que en una mente sana y funcional tendrían que aflorar de manera automática.

Hay en la indiferencia al dolor de los otros cierta forma pasiva de barbarie. No por casualidad un rasgo primordial de los psicópatas es la incapacidad de ponerse en las chanclas de quien sea, así sepan que sufre lo indecible y le escuchen rezar en tres idiomas. Un temblor, un tsunami o una pandemia funcionan como alertas que delatan nuestra fragilidad, y en tanto ello consiguen devolvernos el sentido tribal de la unidad. Somos todos y uno, diferentes e iguales, manada e individuos, cada muerte reciente es un poco la nuestra, o cuando menos nos la trae a cuento; por eso quienes andan de sombrero se lo quitan delante de un cadáver. ¿No es la muerte también el último recurso de nuestra humildad?

Cada día sabemos de incontables desenlaces fatales, por llamarlos eufemísticamente. O en fin, solemnemente, sacándole la vuelta al sentimiento, como quien se consuela y desentiende interpretando cifras, gráficas o estadísticas según convenga a su buena conciencia. Una cosa, no obstante, es saber lo que pasa, y otra muy diferente hacerse cargo. Un terremoto ofrece la ventaja de encajar de inmediato lo ocurrido y ayudar a quien pueda requerirlo. Las pandemias, en cambio, se enquistan en el tiempo, y en su transcurso suelen despertar sentimientos sin duda menos piadosos, cuando no abiertamente hostiles y mezquinos. Vade retro, homo sapiens! Hay riesgo de contagio, es la hora del sálvese-quien-pueda.

Es en cierta medida un despropósito venir a hablar aquí de salud mental cuando está uno sujeto a las mismas presiones que sus semejantes, por benignas y preferibles que parezcan, aunque también es claro que uno advierte fácilmente en los otros los desarreglos que en alguna medida comparte. No soy, pues, un ejemplo de estabilidad, pero miro hacia afuera por las pocas ventanas disponibles y encuentro demasiados ánimos ardientes para la gravedad de nuestra situación. Gente que acusa, insulta y amenaza si alguien no está de acuerdo con sus puntos de vista, y desde luego no le queda tiempo para el sano ejercicio del intelecto. Una actitud, por cierto, con ímpetus virales, puesto que nada indigna más al indignado que la ecuanimidad del adversario. ¿Qué pensaríamos de una muchedumbre cuyos miembros se tunden a patadas en las horas que siguen a un tsunami? Porque de aquí a unos años así nos van a ver, con la incredulidad que suelen merecer los errores idiotas de la Historia.

Hace más de 100 días que vivimos una suerte de terremoto a plazos. Mal momento para la intransigencia, más que nada por la cuestión del precio. Así como se dice que en la cama y la cárcel conoce uno a sus auténticos amigos, es también a mitad de las desgracias cuando la gente enseña sus entrañas. O, si se me permite, sus calzones. Aquello que en mejores tiempos permanecía oculto, la tempestad presente lo ha sacado al balcón y para bien o mal todos podemos verlo.

Soy, insisto, uno más entre tantos atarantados. No veo mucho más allá de mis narices y hay demasiado ruido en el ambiente para dar por sentado cualquiera de los múltiples diagnósticos que tienen al país balcanizado, justo cuando más urge lo contrario, pero si algo nos ha enseñado la cuarentena es que aunque sea lento el tiempo pasa, y al cabo de unos meses ya no será un secreto quién fue quién. La pandemia, señoras y señores, nos está desnudando. Perdón por no querer cerrar los ojos. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 04 de julio de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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