Viento en pipa

No a todo el mundo le va mal con la pandemia. Hay negocios que crecen como nunca y productos que nunca fueron tan populares. Una de las ventajas de la cuarentena está en la discreción en que naturalmente se desenvuelve, de ahí que apenas se hable de la jauja por la que en estos días pasan los vendedores de drogas ilegales. ¿Quién no querría tener a sus clientes no solo literalmente cautivos, sino además suplicantes y ansiosos por arrasar con la mercancía?

Hasta el día de hoy, en México es preciso ser un delincuente para sembrar, cultivar y comercializar plantas de mariguana. Ellos, los criminales, tienen el monopolio de una industria tan próspera que aun en estos tiempos arroja impresionantes dividendos y no paga un centavo de impuestos. Sumarse a su selecta cartera de clientes significa, en alguna medida, hacer parte del mundo del hampa, ahí donde la decapitación y el descuartizamiento van de comunes a reglamentarios.

Imaginemos que esto mismo sucede con las bebidas alcohólicas. La calidad del güisqui, el vodka o el tequila dependen de la buena voluntad y el profesionalismo de unos señores que cortan cabezas, amén de incursionar en negocios alternos como secuestro, trata, piratería y chantaje. ¿Son mis nervios o suena alarmante? ¿Pasaríamos por alto situación semejante? ¿Valdría decir que al cabo “cada quien se lo busca, por borracho”?

No hay que imaginar mucho, en realidad, para ver el tamaño de un problema que hace tiempo dejó de ser hipotético, y tampoco hacen falta alardes aritméticos para concluir que la guerra a las drogas —el prohibicionismo— ha causado infinitamente más estragos que las drogas mismas. ¿100 muertos diarios? Ni vendiendo curare. ¿Y qué hace justamente el drogadicto, sino darle la espalda a sus problemas y evitarse el engorro de negociar con ellos? ¿No será que los cacareados enemigos de las drogas son al final sus grandes promotores? Hasta donde sabemos, la obsesión de acabar con el negocio no ha hecho más que multiplicar las utilidades. Y lo único evidente es que el negocio va a seguir ahí mucho tiempo después de que todos hayamos estirado la pata. La pregunta sería, en todo caso, si todavía entonces existirá a pesar de las leyes, o podrá hacerlo ya gracias a ellas.

Tanto drogas como prostitución son temas condenados a tratarse con pinzas, de perfil, haciendo ascos, hasta ir a caer en manos de fanáticos e hipócritas. Gente que no da crédito a los hechos ni encuentra confortable la realidad. Ya sea porque acostumbran razonar bajo el corsé de la religión o el de la ideología, les parece un escándalo que el de la mariguana pueda ser un negocio legal y próspero, cuyos participantes ganen bien y hagan ganar al fisco proporcionalmente, sin que nadie tenga que ir a la cárcel o amanecer colgado de un paso de peatones.

Curiosamente, la discusión suele desembocar en si está bien o mal que se permita comerciar con drogas, cuando la prohibición nunca ha servido para ponerlas fuera del alcance de nadie. Cualquier persona, de cualquier edad, tiene acceso a cualquier droga ilegal, inclusive las más nocivas y letales, producidas sin el menor control. No es que esté permitido, sino que no hay manera de evitarlo, de manera que niños y jóvenes no solo están expuestos a las substancias sino además al hampa que las monopoliza. Cuando el problema llega a los legisladores, en cuyas manos tendrían que estar las soluciones más apremiantes, pacatos, persignados y tartufos suelen ser mayoría. Los narcotraficantes tendrían que estarles muy agradecidos.

¿Qué hace el capitalista con sus ganancias? Idealmente, las reinvierte en su mismo negocio. Pronto, cuando el fantasma de la quiebra se haga omnipresente, habrá gente con mucho dinero y muy pocos escrúpulos, ansiosa de seguirse enriqueciendo. Son los beneficiarios de las leyes idiotas que por lo visto a nadie le urge cambiar. Tienen todo el negocio para ellos y no piensan compartirlo con nadie. Para qué, si nosotros se los dimos. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 06 de junio de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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