Esta fiesta tiene dueño

Hoy por la noche usted saldrá de juerga. Nada del otro mundo, es seguro que irá a cualquiera de los bares de siempre. Mucha acción, buena música y cierto espacio para travesuras. No es que se haya propuesto emborracharse hasta el estado comatoso, pero ese sobrecito que se ha escondido dentro de una bota me lleva a sospechar que tal vez quiera usar su níveo contenido para extender la fiesta más allá de sus límites naturales y moverse en su mundo como si cualquier cosa. Lejos estoy de censurar sus hábitos, sólo que me pregunto si vive usted al tanto de lo que ocurre en este mundo al que indebidamente llamé suyo. Pues como en unas horas va a enterarse, aquel tugurio alegre donde usted es cliente regular no se cuenta ya entre “los bares de siempre”, y de hecho es muy probable que los demás tampoco.

Hace tiempo que nada es como siempre, pero cuando usted llegue al bonito congal querrá creer que sí, y hasta quizás opine que en los últimos meses el ambiente se ha ido relajando. ¿Cómo explicar, si no, las pupilas brillosas, el ánimo exultante, la alegría gratuita aquí y allá? Muy lejos, sin embargo, de buscar la menor explicación, usted y sus amigos encontrarán la forma de integrarse felizmente al festín. Lo cual parecerá, desde su perspectiva de habitués, no sólo fácil sino inevitable, pero ya le advertí que ese lugar de siempre no es el mismo de siempre. ¿Encontrarán normal, por decir algo, que en los baños se venda toda clase de drogas, poco menos que megáfono en mano? ¿Que los empleados de seguridad miren para otro lado, o de plano se cuadren ante el dealer? ¿Que los meseros son aún los mismos, pero no exactamente “los de siempre”?

No siempre los ambientes distendidos son necesariamente tolerantes. Eso usted lo sabrá en cuanto se le ocurra aprovechar la manga ancha reinante en los lavabos y sacar de la bota el sobrecito, como cualquier honrado ciudadano que paga sus impuestos y se divierte el sábado en la noche. ¿Quién le dijo, por cierto, que iba usted a drogarse allí a su antojo? ¿No le han contado quién manda en el bar? Porque si allá en la calle usted y sus amigos se ríen de las leyes en teoría vigentes, debajo de aquel techo —y de cantidad de ellos, hoy en día— hay reglas muy estrictas, como la de que nadie va a consumir allí sustancias adquiridas en otra parte, sin pagar una cuota equivalente al precio de lo que consume. Lo que en otro contexto se llama “descorche”.

“¡No es justo!”, dirá usted, en un respingo airado, sin advertir su mínimo margen de maniobra porque quién va a sentirse amenazado habiendo tanta gente alrededor, hasta que una patada en el estómago le obligue a hacerse cargo de su situación, mientras recibe un par de bofetadas salpicadas de insultos lacerantes y seguidas de sendos cabezazos que serán suficientes para hacerle entregar su sobrecito y todo el contenido de su cartera a un hombre que hace unos pocos minutos departía alegremente con el jefe de seguridad. Puede que entonces mire en torno suyo y compruebe que nada es como siempre, al tiempo que le llevan a rastras a la calle y pide inútilmente ayuda a los meseros. Como si ellos pudieran quebrar una sola de las reglas no escritas que los han convertido en colaboradores indefensos del hampa local. Cierto es que hay unos cuantos tan agresivos como los traficantes, pero así es la pelea por la supervivencia. ¿O es que usted pensará siquiera en protestar, una vez que consiga dejar aquel lugar espeluznante que en nada se asemeja al que solía ser? ¿Servirá de consuelo recordarle que no sólo lo bares y tugurios, sino también tiendas y restaurantes obedecen a idénticos amos y reglamentos? ¿Volverá usted, al menos, a ser después de hoy la persona de siempre?. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 07 de marzo de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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