Que no se entere San Pedro

Algunos no acabamos de entender los motivos que conducen a un hombre a hacerse sacerdote. Demasiadas renuncias, piensa uno, sopesando de lejos las dosis inhumanas de disciplina que exige semejante vocación. ¿Y no es también por eso que quienes visten hábitos inspiran un respeto especial, incluso más allá de su grey? La pura obligación de domeñar pasiones y apetitos hasta hacerlos virtualmente invisibles presupone un milagro del autocontrol, que desde luego la mayoría vemos no sólo inalcanzable sino del todo ajeno a nuestros intereses.

Algo no muy distinto sucede con doctores y policías, cuyo trabajo implica asumir sacrificios incompatibles con la soberanía personal. Poco se les envidia, pero es lo que ellos quieren y tendrán sus razones, de modo que una vez aprendido el oficio no queda sino hacer valer la expectativa que éste naturalmente despertará. Pues quien elige un rol social así debe saber que tendrá prioridad sobre el resto de sus responsabilidades, aun si éstas son enormes y acuciantes, y que hasta el mínimo titubeo al respecto le valdría censuras lapidarias. Ya sea que uno lleve bata blanca, uniforme o sotana, sabe que nunca falta quien le busque con la mayor urgencia, y cuando así suceda le tocará acudir de inmediato al llamado. Un fastidio, para otros, pero el refrán lo dice: Tú te lo guisas, tú te lo comes.

No por nada el camino que lleva hacia los púlpitos abunda en deserciones. Hace falta ser fuerte para ir hasta el final, allí donde la única recompensa probable es la satisfacción de confortar almas ajenas —por confusas, viciadas o perdidas que estén— y evitar el contagio a toda costa, dado que las ovejas consideran que su pastor se halla del otro lado de las debilidades humanas, y es misión del señor de la sotana dar sustento también a esa creencia. Si no es tan bonachón como tantos creyeron, más le valdrá aprender a disimularlo, como seguramente ha debido enseñarse a controlar el resto de sus pasiones íntimas, cuando menos delante de los feligreses. Lo que en otros oficios equivaldría a cuidar el negocio.

Nunca ha sido un secreto que hay sacerdotes ruines, soberbios y mezquinos, así como abusivos y ventajistas. Proliferan, por cierto, excusas al respecto en labios de no pocos creyentes generosos. “Son humanos”, se explican, acaso más atentos a defender su fe que a la persona. Y a lo mejor ello sería válido si el sujeto en cuestión fuera un seminarista o un sacerdote joven, pero lo cierto es que, antes que humano, quien se calza los hábitos eligió ser humilde. Ese es su capital y su prestigio, la razón principal por la que se le asocia con el protagonista de los cuatro evangelios, en cuyo nombre habla a toda hora y en cualquier lugar.

Hace ya varios días que del papa Francisco se dice que “es humano” porque, en su premura, propinó un manotazo a una mujer que se empeñaba en estrecharlo. Él, por su parte, se ha disculpado “por el mal ejemplo” aduciendo que “muchas veces perdemos la paciencia”. Pero si un cura nunca deja de ser cura, ¿cómo es que un papa olvida que es quien es? ¿Cuánta gente graba videos a su paso? ¿Cuál de sus gestos cree que logrará pasar inadvertido entre una multitud que sólo mira hacia él? ¿Será que, como ya una vez amenazó, está listo para tumbar de un puñetazo a quien ose ofenderlo de verdad?

Hay oficios y puestos que no admiten la pérdida del equilibrio emocional. Uno de ellos es el de Sumo Pontífice. Se espera demasiado de los papas. Son santos en potencia, mientras tanto. Por eso quien acepta el papel de “vicario de Cristo” no puede andar cumpliendo el papelón de curita bilioso y engreído sin hacer de su chamba un mal negocio. Lo suyo no es la gloria, sino el sacrificio. Cuesta trabajo creer que se le olvida. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 04 de enero de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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