Cuando ganan los malos

Las escenas son tristes y desconcertantes. Gente que corre despavorida por un parque público. Un fulano que viaja en la caja de una pickup, aferrado a una enorme ametralladora. Familias acostadas sobre el asfalto, rezando por su vida. Medio centenar de presos huyendo alegremente de la cárcel. Todo en medio de una balacera infernal, con la ciudad entera convertida en tierra de nadie. Aunque, para ser “nadie”, los amos de las calles se pasan de vistosos, pues al cabo la escena más escalofriante es en la que aparece un convoy de varias decenas de camionetas cargadas de matones peinando Culiacán, sin encontrar la menor resistencia. Parecería un chiste preguntarse, por cierto, dónde demonios anda la policía.

Hace tiempo que los villanos de esta historia le perdieron el miedo a los uniformes. Son los uniformados quienes deben andar con pies de plomo, y a menudo ocultar su identidad, puesto que el enemigo es desalmado y no piensa dos veces antes de masacrar a sus seres queridos. No hay siquiera que salir a la calle para advertir la superioridad de las fuerzas del mal sobre quienes pretenden defendernos. Si las autoridades les cubren los ojos en las fotografías para no vulnerar sus derechos humanos, ellos se hacen notar en las redes sociales, donde alardean de sus posesiones (pistolas, metralletas, coches deportivos), se prodigan en consejos y advertencias con mala ortografía y se jactan de su poder destructor.

Antes de recobrar su libertad, el hoy mundialmente famoso Ovidio Guzmán López tenía ya más de 70 mil seguidores en Twitter. Su medio hermano, Alfredo Guzmán, es seguido por cerca de 340 mil. Por su parte, la cuenta del Cártel de Sinaloa (“Empresas Guzmán”, informa su perfil) rebasa los 85 mil. “No se tiren pedos más grandes que su culo”, alecciona Ovidio a sus seguidores, a mitad de camino entre la recomendación y la amenaza. ¿Son ellos, en efecto, quienes se encargan de escribir los mensajes? Imposible saberlo, pero es claro el esmero en así aparentarlo. Quieren que medio mundo los admire y les tema y de una vez asuma que son invencibles. No por nada comandan un ejército capaz de ocupar y someter una ciudad poblada por cerca de un millón de habitantes.

Son escenas de guerra las de los días recientes, por más que la palabra nos inquiete. Lo peor del caso es que evidentemente la estamos perdiendo, más aún cuando vemos en otra dirección. Una guerra donde los enemigos se pasean impunes y orondos por territorios que apenas anteayer creíamos nuestros, pero ese es el problema del despertar insólito al que no sin candor llamamos desengaño.

¿Qué decir de unas calles donde la autoridad no se aparece ni para recoger los cadáveres frescos, a lo largo de tarde y noche enteras? ¿Cómo es que todo el mundo, menos los criminales, ha corrido a esconderse, al tiempo que la triste autoridad declara ya el retorno de la vida normal? ¿Habrá que acostumbrarse a hallar normal que calles y avenidas sean patrulladas sólo por caravanas de maleantes?

Si esto fuera una película, lo que uno esperaría en plan de espectador sería la llegada de las fuerzas del orden. Esos “buenos” que siempre terminan por ganar, de modo que la vida pueda seguir su curso al día siguiente de la pesadilla. Lástima que esta historia no sea una película, ni se mire el final del sueño tenebroso que hoy por hoy es la vida cotidiana ya no de Culiacán, sino del país entero. ¿Alguien tiene una idea cartográfica de las zonas del territorio nacional tomadas por el crimen organizado: calles, ranchos, negocios, prisiones, carreteras? ¿Dónde no se han metido, a estas alturas? ¿Estoy yo delirando o se organizan ellos mejor que nosotros?

Dice el dicho que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. ¿Será acaso por eso que los supuestos buenos han corrido a meterse debajo de una piedra?

Este artículo fue publicado en Milenio el 19 de octubre de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

Culiacán permanece en tensión. La gente recela de autoridades y tiene miedo: especialistas locales

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