La leyenda del “tapado”

Supe del personaje en la antesala del ortodoncista. Había dos montañas de revistas atrasadas —Siempre, Jueves de Excélsior— disponibles para matar el tiempo, mismas que a mis ocho años hallaba soporíferas, excepto por aquel fantasma juguetón —empezaba por ser niño de pecho— que iba creciendo de portada en portada, entre abril y noviembre de aquel año. ¿Qué hacía de ese pariente deslucido de Gasparín un personaje tan interesante? ¿Y por qué le dirían así: “el tapado”?

La explicación que mi madre me dio parecía infantil, y a su modo lo era porque al fin el misterio y su resolución dependían apenas del capricho de un hombre, quien seis años atrás había sido destapado con el mismo método. ¿Mis mayores, entonces, no se mandaban solos? ¿Qué payasada era ésa del fantasma que irremediablemente se metamorfoseaba en mandamás? ¿Quería eso decir que, cuando fuera yo grande, me seguirían tratando como a un niño?

El rito del tapado solía funcionar como una gran ruleta donde siempre ganaban los mejor parados. Otro eufemismo turbio y lambiscón que apuntaba hacia aquellos que supieron pararse —esto es, acomodarse— entre los bien queridos por el próximo régimen. Si acaso alguien estaba bien parado en la corte del recién destapado, podía inferirse que le iba a ir muy bien. Traducción: le esperaban riquezas incalculables, al generoso amparo del erario. La mayoría mentía, por supuesto, pero bastaba a veces con el puro bluf —deporte nacional, por esos tiempos— para hacerse justicia en el nombre de la Revolución.

Términos como besamanos y cargada, no exactamente ricos en sana dignidad republicana, hablan de los niveles de abyección a los que era preciso descender para salir en la foto oficial. Daba grima atender a esa palabrería hueca y ampulosa, plena de caravanas, cobas y carantoñas, destinada a mentir sin el menor pudor. Un genuino torneo de genuflexos iluminados por la misma veladora, prestos a practicar el canto, el baile o la poesía por ensalzar las dotes y virtudes del una-vez-tapado-y-hoy-ungido.

Solía ser costumbre que los clubes de golf dieran cada seis años la bienvenida a una horda de nuevos socios y accionistas, recién acomodados en la zona exquisita del tejido social. ¿Cómo no celebrar, por otra parte, la cercanía de esos elegidos con los que pronto habría oportunidad de hacer buena amistad y mejores chanchullos? Se hablaba de estas cosas con largueza, entre benevolencia, resignación y envidia.

Aun quienes no sabían su cargo ni su nombre suponían que el señor de los cuatro guaruras sería un renombrado raterazo, pero esos temas se tocaban en voz baja, no sólo por temor a incomodar al pícaro en cuestión y sus sensibles acompañantes; también porque sobraban los ejemplos afines y muy probablemente habría alguno cerca. En el imperio del tapado y la cargada, los raterazos eran personas de respeto. Y de paso modelos a seguir, como habría sido el niño granuja del salón.

Solía ser común, en las horas y días posteriores al destape del hombre que sería rey, preguntarse entre amigos y conocidos cómo veían el sexenio que se avecinaba, y ya en confianza cómo habían quedado, o iban a quedar ante la ubre estatal. “Tengo un primo que está muy bien parado con el hermano del Señor Licenciado”, ya se paraba el cuello uno y otro fantoche y no faltaba quien se lo creyera. Sobraban los logreros a la caza del hueso redentor que les daría el estatus de raterazos entre tanto envidioso. ¿Quién les mandaba no atinarle al tapado?

“¡Nos adivinó el pensamiento!”, tirose de clavado Fidel Velázquez a los pies del presidente Salinas, no bien descubriera éste al último tapado de la historia. La esperanza, no obstante, sigue ahí. Ya no existe un tapado que ilumine el camino, pero Batman conserva sus followers. Hay quienes se ilusionan de verlo en botas, traje o guayabera, pero todo eso eleva nada menos que las expectativas. Pues se asume que tiene poderes especiales, como lo sugerían tantos lambiscones al citar las virtudes resplandecientes del recién destapado. Si todo aquel concepto del tapado parecería hoy arcaico, no menos lo es la búsqueda del superhéroe en cada candidato. Cálleme ya la boca quien nunca se haya reído de Vladímir Putin.

La leyenda del tapado —simulacro despótico para un país de cínicos— es aún tan reciente que no le faltan suspiros y adeptos. Esa idea del salvador enmascarado que emerge de las sombras para llevarnos juntos a la felicidad ya estaba en Villa Chica cuando llegó Clark Kent. La mistificación de los asuntos públicos —en realidad, su infantilización— podría venir muy bien a los aduladores y servir de coartada a los raterazos (hoy día mejor cubiertos, aunque no menos ávidos), si estuviéramos en el siglo XX. Esas cosas dan risa, a estas alturas. Pena ajena, también: lástima de nostalgia.

Este artículo fue publicado en Milenio el 30 de junio de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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