Ciertas verdades postizas

La verdad ya no es la de antes. Si una vez nos tocó tener que acomodarnos a sus dictados, hoy exigimos que ella se ajuste a nosotros con la condescendencia de un calcetín. Ocurre desde siempre con las iglesias, cada una de las cuales se dice verdadera y considera erradas a las otras. Sus verdades se escriben con mayúsculas para eludir de entrada la contrariedad de tener que probarlas o contrastarlas, como antaño cualquier certeza terrenal. Puesto que hoy la verdad apenas si depende de los hechos, vendida como está a la causa piadosa de los gustos.

Ya no se trata más de saber qué pasó, sino qué quiere uno que haya pasado. Para lo cual no hacen falta las pruebas, ahí donde las pequeñas inferencias pesan más que las grandes evidencias y aun los argumentos más descabellados exigen ser tomados por razones, pues para efectos prácticos la verdad ha tomado distancia de los hechos y se diría que les da la espalda. Si en el siglo XXI casi todo se ajusta y configura según las preferencias y el confort del usuario, ¿quién va a ocupar verdades inflexibles?

El problema comienza por árbitros y jueces, cuya jurisdicción sólo respetan aquellos que se ven beneficiados por sus dictámenes. Para el resto, hay verdades sustitutas. Igual que en un estadio, donde cada fanático se precia de ver mejor que el resto, no importa cuán sesgado sea su ángulo, pesa de pronto menos lo que pueda decir el marcador que lo que el indignado se empeña en reclamar. No es casual que inclusive las noticias, y ya no nada más las opiniones, ofrezcan un espacio a los lectores de la versión en línea del periódico, para que cada uno las confirme, deforme o bombardee según se ajusten a sus gustos y creencias.

Antes se les llamaba “mentiras piadosas”. Ya fuera el receptor muy joven o muy viejo, se le evitaba la calamidad de enterarse de ciertas noticias escabrosas que podían sacudirle o devastarle. Hoy que la humanidad se ha vuelto tan sensible que hasta la historia antigua se busca corregir para que a nadie le resulte ofensiva, la mentira piadosa se aplica por igual a niños y adultos, de manera que nadie tenga que soportar la humillación de ser considerado responsable de sus actos. Como un niño mimado en su cumpleaños, el usuario de la verdad alternativa exige que ésta embone con sus expectativas, so pena de cobrarse con un berrinche cósmico del que será culpable cualquiera menos él.

Suele pasar también con los enfermos, en especial los graves, que viven mientras pueden a la caza de una nueva opinión que contradiga los augurios nefastos de la ciencia. Sólo que en estos casos la verdad es terrible y lapidaria, amén de insoportable para quien se ha propuesto luchar a toda costa por la supervivencia. ¿Qué diríamos, no obstante, del enfermo que se declara sano, contra toda evidencia en su poder, y evita someterse a tratamiento alguno? ¿Sería exagerado sugerir que se trata de un suicidio pasivo?

De la verdad hablamos con pasión, como si se tratara de un equipo deportivo cuya supremacía juzga uno indiscutible. Poco es lo que nos consta, pero eso a quién le importa si basta con que ajuste, como un par de zapatos robados. Tomemos por ejemplo las encuestas: uno tiende a creer en su diagnóstico en la medida que éste le complace, y son al fin tan grandes las variaciones entre una y otra que acaba por haberlas para todos los gustos. Ahora bien, si ninguna me parece del todo verosímil, puedo ya ir inventándola, o alterando cualquiera de las existentes, para apoyar mis dichos más particulares. Ya quedamos que a nadie le interesan las pruebas, si para disolverlas bastaría con sembrar dos sospechas a modo.

No es extraño que en los últimos tiempos fallen las predicciones de las encuestas, si cada vez son menos quienes responden con la verdad. Miente uno por sistema, y así también condena la mentira; opina con frecuencia para el consumo ajeno, dice lo que supone que le toca decir y evita las verdades y asperezas igual que en otros tiempos las palabrotas. Luego, puertas adentro, se desquita de tanta hipocresía haciendo justamente lo contrario de cuanto cacareó.

La coexistencia múltiple de verdades postizas, contradictorias y, el colmo, equivalentes, da a la calumnia rango de hecho histórico y abre tantas rendijas a la vida privada que la hace parecer un lujo desechable. Si las viejas verdades, con sus anquilosadas evidencias, están desprestigiadas por inconvenientes, hay que ver la apestosa conveniencia de relativizar y hacer valer las mentiras más obvias, en razón nada más que del confort, cual si aquella promesa de la aldea global desembocara al fin en un pueblo de mierda donde no hay más verdad que la mentira ni mejor evidencia que el recelo.

Este artículo fue publicado en Milenio el 19 de mayo de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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