Carnicería a la vista

Vivo en una ciudad en teoría segura. Cada día, escucho horrores de cuanto sucede en uno y otro rincón del país, donde el hallazgo de cuerpos humanos desmembrados, decapitados o descuartizados ha dejado de ser propiamente noticia. Son, se dice, ajustes de cuentas entre los delincuentes, y entonces me pregunto qué tan seguro puede uno sentirse sabiendo que andan libres —y más de uno seguramente cerca— cientos, incluso miles de esos tablajeros para quienes cortarle la cabeza al de al lado es una chamba como cualquier otra. Claro que eso no pasa en mi ciudad, según han repetido sus autoridades, a quienes por lo visto poco preocupa el tema de la verosimilitud.

La ciudad donde vivo es el mayor mercado del país, y a esto difícilmente podrían ser ajenos los criminales. Pues una cosa es que los grandes capos guarden aquí un bajísimo perfil (entre tantos millones de perfectos anónimos, las mismas avenidas son escondite ideal para quien vive al margen de la ley), y otra muy diferente sería que descuidaran el negocio en el punto de venta más peleado de todos. ¿No está claro, además, que para estos señores oficialmente ajenos y lejanos, como para sus miles de achichincles, la vendimia es cuestión de vida o muerte?

Hay, no lo dudo, varios pueblos sin ley que un fuereño jamás querría pisar, pero en esta ciudad las leyes son flexibles, dispersa la conciencia y corta la memoria. Sabemos, por los medios de comunicación y los reportes de la policía, que las corporaciones criminales se ocupan hoy de ramos tan diversos como el secuestro, el narcotráfico y la piratería, de modo que es común pasar de largo frente a sus incontables sucursales. Están en todas partes, tanto que lo difícil no es ya dar con ellos, sino ponerse fuera de su alcance. Pobre de quien esté en su lista negra.

Siempre será más cómodo tratar con un pirata o un lenón que con un asesino o un plagiario, pero hace tiempo ya que no se les distingue porque suelen cambiar de mercancía, al igual que de giro y encomienda, con la soltura propia de quien de todos modos se sabe desechable y espera destacarse por versátil. Hay tanta competencia en estos ramos que no queda lugar para vacilaciones, ni es posible pagarse el precio de una mínima decencia. Pues si las leyes rara vez los alcanzan, hay que ver la eficacia de sus reglamentos y el rigor sanguinario de sus verdugos.

Quiero creer, a estas alturas del campeonato, que el putañero de hoy sabe que no alimenta a un simple lenón, sino a una mafia de secuestradores, asesinos y esclavistas, cada vez que contrata a una chica en la calle: ese espacio libérrimo donde uno viene y va según le dé la gana, mientras ellas lo tienen por ergástulo. Golpeadas, torturadas, enterradas: todo puede pasarles, y de hecho les pasa poco menos que bajo nuestras narices, pero las prostitutas suelen estar tan lejos de nuestros intereses —o eso dice la gente, para no salpicarse— como el paraje ignoto a media sierra donde en estos momentos están descuartizando a un infeliz. En el país donde no hay peor estigma que resultar hijo de la chingada —la deshonrada, luego la emputecida— nadie saca la cara por una suripanta, aunque lo sea a la fuerza y con violencia, pues se asume que al fin la desgraciaron y no hay manera de reivindicarla. Machismo medieval a un par de cuadras del Monumento a la Madre, para quienes se espantan por los excesos del Estado Islámico. 

A juzgar por su versatilidad, cobertura y ejército de esbirros multifuncionales, más la docilidad acojonada de los muchos que viven sojuzgados por su ley implacable, es fácil deducir que tienen los maleantes incomparablemente más ojos y orejas que nosotros cámaras y vigías (varios de éstos, por cierto, presentes en su nómina). La cosa no se arregla, como quisieran tantos comodinos, con no pasar por Tláhuac y Tepito. Tampoco ha mejorado a fuerza de negar que hace tiempo que el lobo entra y sale a su antojo del gallinero. Y va a estar muy difícil que no empeore, si insistimos en hallar natural que padrotes, madrotas y piratas sean parte del paisaje cotidiano.

En la segunda década del siglo XXI, Robin Hood, Francis Drake y Jack el Destripador trabajarían para un mismo cártel. Serían reemplazables, confundibles y muy probablemente corresponsables de sus atrocidades, mismas que no podrían moderar, bajo amenaza de tortura hasta la muerte. Estarían, también, coludidos con gente poderosa o hambrienta de poder. Soñarían quizás con irse por la libre y probar suerte con el crimen de autor, pero en tiempos como estos los forajidos son carne de cañón y no se mandan solos, como no sea a la plancha del forense. Muerto el freelance, al cabo, sálvese quien pueda.

Este artículo fue publicado en Milenio el 21 de abril de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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