Denme mi indignación

“Pleito ratero”, le llaman. Su modus operandi consiste en eludir una acusación mediante el contraataque traicionero. Antes que propiamente defenderse, el victimario apela al victimismo y se dice agredido por el quejoso, con una indignación expansiva e histriónica que más nos vale no poner en duda. Tiranos, criminales, mitómanos, sociópatas y manipuladores de todos los tamaños echan mano del sucio subterfugio con una asiduidad que al cabo de algún tiempo les delata, pero a ellos no los mueve ni la evidencia misma. Siempre es otro el culpable, de ahí que sean tan buenos para exigir las cuentas que ellos jamás darían.

Algunos se lo creen, muy al principio, hasta que la mañita echa raíces y el trámite se va haciendo mecánico. Más tarde o más temprano, se aprende a alimentar la irritación hasta que la defensa se transforma en ataque, de modo que el autor de la injusticia resulta cada vez el gran perjudicado. Y no es que sea difícil, pues se hace por sorpresa y con alevosía, igual que esas calumnias cuyo descaro invita a la estupefacción: tan grande y ofensiva es la sorpresa que la reacción ocurre ya muy tarde, cuando la insidia domina el tablero y la verdad se ha vuelto relativa.

Es rico volar gratis, pero causa adicción. Los maestros del pleito ratero se distinguen por nunca reconocerse artífices de un solo error. Algo similar pasa con aquellos gorrones avezados que encuentran insultante la idea de pagar tan siquiera una de sus parrandas. Por alguna razón que nadie más comprende —nadie, quiero decir, que no sea un vividor— estamos los demás obligados a compensar las añejas carencias que hacen al mundo entero su deudor. No son pocas las veces, a todo esto, en que la amiba airada se revela un experto en robar pleitos. ¿Cómo nos atrevemos a pedirle que un día nos invite un jodido café, si sabemos-por-todo-lo-que-ha-pasado?

Hay mucho de chantaje en el pleito ratero. Lo sabe, por ejemplo, Vladímir Putin, que a sus críticos en el extranjero les cuelga la medalla de “rusófobos”, para que sus reclamos se vayan sin más trámites al basurero de la infamia histórica. No cabe en el espejo del narciso del Kremlin más imagen de Rusia que la suya, ni encuentra verosímil que un compatriota suyo pueda mirarle libre de fascinación. De otro modo, se entiende que es un antipatriota, seguramente aliado de incontables rusófobos, y por lo tanto indigno de simpatía o clemencia.

Se sabe de manuales para yihadistas que enseñan a fingirse torturado y denunciarlo por todos los medios. Un consejo curioso, viniendo de creyentes ortodoxos, pero al cabo explicable en los términos de una “guerra santa” donde, ya lo hemos visto, ninguna atrocidad es demasiada. Por eso los fanáticos son los amos supremos del pleito ratero: su causa es tan preciosa, alta e irrebatible, que en su nombre demandan toda clase de fueros e indulgencias. Son siempre los demás y nunca ellos los responsables de cuanto mal existe en el planeta, y ante tamaña falta de autoridad moral lo que procede es una voltereta. Iracundo y hambriento de justicia, el criminal señala hacia la víctima. La culpa es del hereje, ya se entiende.

La mentira mayor del embustero consiste en afirmar que el otro es el que miente, para que todo quede como en aquel cartel de Bertrand Russell, donde por ambos lados aparecía una misma leyenda: “Lo que está escrito al reverso no es cierto”. Traduciendo: Fake news. Toda aquella noticia que apunte a incriminarte sólo puede ser parte de una conspiración. Motivo más que bueno para echar a la hoguera del desprestigio a quien osó fungir de mensajero y no es sino un esbirro de mafiosos mayores: oscuros enemigos de tu misión y de las buenas almas que le han dado su fe.

No hace falta, decía, mucho talento para sobresalir en el pleito ratero, tomando en cuenta que éste peca de necio, sesgado y onanista. No preocupa gran cosa a sus cultivadores la calidad de la argumentación, pues lo que se pretende en primer sitio es acallar la queja inoportuna y para eso no hace falta esmerarse. Al contrario, sirven mejor los gritos y soflamas que no admiten respuesta racional. ¿O es que se pule mucho Nicolás Maduro para encontrar en cada uno de sus desafectos a un traidor a la patria o un enemigo de los venezolanos? ¿Le preocupa siquiera que la película sea siempre la misma? ¿Para qué, si se trata de continuar el pleito? ¿Desde cuándo el chantaje se enreda en discusiones razonables?

Tal parece que el pleito ratero está de moda, igual que la sordera selectiva y el estigma a partir del desacuerdo. Si en este pueblo nadie se equivoca, los errores vendrán siempre de fuera. Procedo ya a indignarme, con su amable permiso.

Este artículo fue publicado en Milenio el 17 de febrero de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL

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