La vida está hecha de pasiones, una de mis pasiones es el fútbol. Durante mucho tiempo mis fines de semana se configuraron en relación a los encuentros futbolísticos, actualmente la obsesión ha disminuido notablemente. Pero cuando hay un buen banquete panbolero me lo como completito.
No se puede ser un verdadero aficionado del deporte de las patadas sino se tiene un equipo. Se grita, se apoya, se llora y se sufre, siempre gracias a los mismos colores. Desde esta primera entrega aclaro mis preferencias futboleras. Soy americanista. Lo digo con orgullo, aunque llega a ser peligroso ser hincha de esta escuadra. Con el América sucede un fenómeno que no sucede con ningún equipo en México, o lo odias o lo amas, no hay medias tintas.
¿Por qué le voy al América?
Nunca lo había entendido, según yo, no había una explicación lógica para ser azulcrema. Pero Juan Villoro respondió esta duda que no me dejaba descansar.
“Elegir un equipo es una forma de elegir cómo transcurren los domingos. Unos optan por una escuadra de sólido arraigo familiar, otros se inclinan con claro sentido de la conveniencia por el campeón en turno. En ocasiones, una fatalidad regional decide el destino antes de que el sujeto cobre conciencia de su libre albedrío y el hincha nace al modo ateniense, determinado por la ciudad. Otras elecciones son más caprichosas, como el flechazo por un jugador, un ídolo de embrujo capaz de resumir las ilusiones de la infancia”[1].
En mi familia el fútbol no es ni siquiera considerado como un tema de conversación, el automovilismo es el deporte familiar. Mi hermano y yo somos los únicos orates a quienes les gusta el fútbol. Mi padre es puma pero tan sólo por su calidad de universitario, sólo por haber asistido a nuestra máxima casa de estudios, el fútbol le interesa un carajo. Soy del DF, pero todos mis recuerdos son de Cuernavaca, que nunca ha sido plaza futbolera importante. Nunca estuve consiente del deporte hasta los 9 años, hasta esa edad nunca había tocado un balón.
Mi preferencia americanista se empieza por definir en el 24 de junio de 1994. México juega contra Irlanda en el mundial jugado en Estados Unidos, ganamos 2-1. Desde ese día, una de mis pasiones quedó definida; el fútbol. También encontré al primer ídolo del fútbol: Luis García. Le anotó los dos goles a Irlanda y yo me volví loco, un pequeño jugador que le pegaba durísimo al balón, pero quizás recuerdo más sus festejos; corriendo eufóricamente y gritando majaderías por el césped gringo.
Después del mundial, Luis García sería fichado por el América y yo tenía un equipo de fútbol. Antes del América Luis García había jugado en Pumas, en España con Atlético de Madrid y la Real Sociedad. Después del América se convirtió en un trotamundos del fútbol, como pasa con muchos jugadores, jugó posteriormente para Atlante, Guadalajara (antítesis del América), Morelia y terminó su carrera en el Puebla.
Cuando mi ídolo dejó de ser águila, me dolió bastante, pero yo ya era demasiado amarillo. Mi madre me dice: “tú eres americanista porque naciste amarillo”, debido a un problema en el hígado por ser sietemesino, quizás sea cierto, pero prefiero creer que fue por el embrujo de un ídolo. Se fue, pero yo ya era americanista, el cambio era imposible. Se puede cambiar de escuela, de trabajo, de casa, de estado, de país, de ideología y hasta de sexo, pero no de equipo. Cambiarse de equipo a edad madura sería negar la infancia, suena estúpido, pero quien es hincha lo entiende.
Gane o pierda mi equipo siempre habrá comentarios en contra. Las ofensas llegan de los medios, de los amigos, de los chivistas, de los cruzazulinos, de los pumistas y hasta de ajenos.
Es el precio de irle al equipo más odiado del fútbol mexicano.
Gracias, Luis García.
Bolita, por favor.
Escrito el 20 de octubre de 2008.