El 16 de febrero de 1996 ocurrió un hecho asombroso: el EZLN y los representantes del gobierno de Ernesto Zedillo firmaron los Acuerdos de San Andrés Larráinzar. No se trataba de un mero trámite burocrático sino de recuperar la aventura de la vida en común. El «contrato social» defendido por Locke y Rousseau adquiría un sesgo novedoso. Los pueblos indígenas, que jurídicamente eran tratados como menores de edad, se transformaban en sujetos colectivos con derechos propios.
Desde el 1 de enero de 1994 todo había escapado a la norma. Justo cuando la izquierda internacional repudiaba la guerrilla y perseguía una «utopía desarmada», los zapatistas tomaron las calles de San Cristóbal y dijeron a los desprevenidos paseantes: «Disculpen las molestias, pero estamos haciendo una revolución». Luego de 12 días de combate, el gobierno optó por una salida negociada y nombró a Manuel Camacho comisionado para la Paz y la Reconciliación. Sobrevinieron dos años de discusiones en un sitio inusitado: la cancha de basquetbol de San Andrés Larráinzar, versión contemporánea del juego de pelota prehispánico que dirime las dualidades.
La Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa), el obispo Samuel Ruiz, los múltiples asesores del proyecto y los propios zapatistas mostraron que las partes en pugna podían llegar a una situación desconocida: ponerse de acuerdo.
¿Qué pasó en los siguientes 30 años? En México los símbolos superan a la realidad. Después de la emocionante firma de los Acuerdos vino una larga espera. Ningún partido político quiso convertirlos en ley y pasaron al infinito archivo de trámites pendientes. Una vez más se demostró que en México tener esperanza es una forma de hacer antesala.
Los Acuerdos transformaban la relación entre el Estado y los pueblos indígenas y garantizaban su autodeterminación política, económica, territorial y cultural. Así se consolidaba una autonomía relativa en un marco federal, situación no muy distinta a la de los cantones suizos. Por si quedaban dudas sobre su voluntad de pertenecer al país, los zapatistas dijeron: «Nunca más un México sin nosotros».
El control de los recursos afectaba intereses extractivistas y posibles megaproyectos. En consecuencia, los legisladores actuaron como si el gobierno hubiera firmado un texto en arameo.
En el siglo IV a. C. Aristóteles señaló la importancia de pasar de la «potencia al acto». Por desgracia, nuestra clase política considera que es demasiado pronto para hacerle caso y se rige por otro lema: «¿para qué cumplir si se puede prometer?».
Los Acuerdos de San Andrés propiciaron las tibias modificaciones constitucionales de 2001 y 2024, pero las comunidades siguen viviendo en el oprobio.
Jaime Martínez Veloz, quien fue señalado miembro de la Cocopa, escribió el 9 de enero de 2026 en El Coahuilense: «La verdad es tan clara como dolorosa: el Estado mexicano ha traicionado su palabra».
De acuerdo con el INEGI, Chiapas tiene un índice de pobreza del 66 por ciento y de pobreza extrema del 30 por ciento. La cobertura educativa media es de 59 por ciento, cuando el promedio nacional es de 80 por ciento, y la educación superior apenas beneficia al 19.7 por ciento de la población. Uno de cada tres campesinos no tiene documentos de identidad; se trata de personas sin existencia formal.
Chiapas es un polvorín encendido por una corrupción política sistémica, donde se enfrentan bandas del narcotráfico y actúan grupos paramilitares. A esto se añade la creciente llegada de migrantes centroamericanos, que son botín del crimen organizado.
En este convulso entorno, los zapatistas mejoran sus condiciones de educación y salud y actualmente construyen una clínica popular en la Selva Lacandona. Han renunciado a la noción de propiedad y a la jerarquía política. Sólo reconocen el Común, la naturaleza (que no es de nadie) y los acuerdos (que son de todos).
En Justicia autónoma zapatista, Paulina Fernández Christlieb documentó en detalle el trabajo de las Juntas de Buen Gobierno. Sin embargo, los propios zapatistas se niegan a considerar que han llegado a la meta. «Falta lo que falta», dicen.
En 1996, año de la firma de los Acuerdos, el subcomandante Marcos escribió: «La libertad es como la mañana. Hay quienes esperan dormidos a que llegue, pero hay quienes se desvelan y caminan la noche para alcanzarla».
Esa madrugada es todavía futura.
Este artículo fue publicado en Reforma el 20 de febrero de 2026, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.
Foto:
Portal Regeneración
