Hace años dediqué un artículo a una curiosa confusión de la que fui objeto. Abordé un avión de hélice y me persigné en el despegue; iba vestido de negro y leía una novela de título piadoso: El día de todas las almas. Una mujer creyó que yo era sacerdote; se sentó a mi lado, confesó las cosas terribles que había hecho su marido y me preguntó si podía ser perdonado. En mi calidad de autor de ficciones y, tomando en cuenta que estábamos en el entorno provisional del cielo, le di la absolución.
Tiempo después le conté la anécdota al autor de la novela, el holandés Cees Nooteboom. Con la ligereza y el humor que acompañaban su erudición, contó otras historias provocadas por su vida de viajero sin sosiego. Nacido en La Haya, en 1933, visitó todos los países a su alcance hasta que la salud lo retuvo en su casa de Menorca, donde murió el 11 de febrero.
En una época en que se persigue a los migrantes nada resulta mejor que celebrar a uno de sus principales defensores. Autor de Hotel nómada, prontuario sobre el arte de no tener casa, Nooteboom aseguraba tener una curiosidad típicamente holandesa. Había nacido en un país sin montañas ni sorpresas, donde los misterios estaban dentro de las casas. Para facilitar esta costumbre, nadie usaba cortinas: «Con Hitler no podías mirar dentro de las casas. Eso a nosotros no nos gusta. Nosotros queremos saber si la señora Hitler ya ha pasado la aspiradora».
Esa misma curiosidad lo llevó lejos de su patria y recorrió Europa entera de «aventón». El resultado fue la novela Philip y los otros, que recrea el peregrinaje existencial de su generación.
Siempre en tránsito, fue testigo de la invasión rusa a Hungría en 1956, la revuelta estudiantil francesa en 1968, la caída del Sha de Irán en 1979 y del muro de Berlín en 1989.
Nooteboom registraba los sucesos, pero sobre todo el efecto cultural que tenían. El panorama histórico no le impedía concentrarse en los cambios minuciosos de la conducta humana. A propósito de un cuadro de 1804, uno de sus personajes afirma: «No conozco a ninguna mujer que tenga una mirada similar. Es algo desconcertante. Esa mirada se ha extinguido… El mundo entero se lamenta porque una salamandra cualquiera está a punto de extinguirse, pero nadie habla de las actitudes». Páginas después, agrega, acerca del mismo lienzo: «Esta mujer no podría haber llevado nunca un bikini. No disponía del garbo necesario para hacerlo, todavía no se había inventado».
Nooteboom fue uno de los grandes viajeros intelectuales del siglo XX, capaz de descifrar los espejismos de Venecia, los ritos de paso producidos por el Camino de Santiago, el enigma de la luz en Hopper, Zurbarán y otros pintores, y la vida diaria en Menorca, donde una amiga le dijo que el jardín era un retrato de su alma: «Me da miedo pensar que tenga razón. ¿Quién tiene un alma con dos palmeras?».
En su papel de explorador del tiempo y el espacio, se dio el lujo de mandarle cartas a Poseidón, el «divino aguafiestas» que decidió la suerte del Mediterráneo.
Como Umberto Eco, estaba convencido de que el principal idioma de Europa era la traducción, pues vivió para establecer puentes entre personas y culturas, con textos en los que el conocimiento no estaba reñido con la amenidad. Recibió los principales premios de Alemania, Francia y España, pero, nómada ejemplar, se sentía incomprendido en su país. En parte, eso se debía a sus largas estancias en el extranjero, pero también a que escribía libros de difícil clasificación, mezcla de crónica, ensayo y memoria. Su estilo literario también era apátrida.
Entre sus amigos se contaba Rüdiger Safranski, biógrafo de Nietzsche y Schopenhauer. Nooteboom le preguntó en qué momento había leído tantas cosas y el filósofo contestó: «Mientras tú leías el libro del mundo».
«El olvido es el hermano ausente de la memoria», escribió en señal de advertencia: ese pariente díscolo puede regresar. La tradición depende del recuerdo. Consciente de ello, dedicó un libro a las tumbas de poetas y pensadores, con fotografías de su esposa, Simone Sassen.
«¿Quién yace en la tumba de un poeta?», se preguntó: «La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando».
La última morada de Cees Nooteboom será visitada con la devoción que él dedicó a sus colegas.
Sus libros seguirán hablando.
Este artículo fue publicado en Reforma el 13 de febrero de 2026, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.
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