No hay en su mundo puentes, sino sólo trincheras. La vida es para ellos un campo de batalla sembrado de enemigos forzosamente acérrimos (aun y sobre todo los neutrales y los equilibrados). Nos guste o no, por tanto, tenemos todos un papel decisivo en la trama que da sentido a su existencia. Y lo de menos es de qué lado estén, pues se parecen tanto los unos a los otros que apenas se comprende su mutua antipatía. Bástenos con decir que se ufanan de ser intransigentes y ven a los de en medio con el asco de un santón impoluto.
No son muchos, pero hacen harto ruido. Libran, a su neurótico entender, una cruzada contra la indiferencia, que como tal entraña el compromiso de obligar a los otros a pensar igual que ellos (en tres palabras: lo menos posible). Ya sea que les mueva la religión o la ideología, se escandalizan frente a todo vestigio de equilibrio, pues lo suponen consecuencia lógica de una conspiración de sus antagonistas. ¿Quién se libra, al final, de ser adscrito a alguno de esos bandos que sólo ven el mundo en blanco y negro?
Siempre queda lugar para el sarcasmo cada vez que los émulos de Mussolini reparten etiquetas de facho a todo aquel que osa contradecirles. Hasta donde recuerdo, el fascismo solía ser la doctrina del estado totalitario, un comunista eran lo exactamente opuesto a un liberal y hacía falta alguna dosis de ilustración para simpatizar con las ideas de izquierda. Pero si ya no hay sitio para los matices, menos quedará tiempo para sutilezas. Decía Umberto Eco, a través de su célebre Guillermo de Baskerville, que nada le asustaba de los puros tanto como su prisa.
Para nadie es sorpresa que ciertos radicales, los más recalcitrantes, vivan perpetuamente encabronados. ¿Quién que se mire en garras de la ira tendrá cinco segundos para la reflexión? Si han de manifestar su desacuerdo, los furibundos crónicos necesitan valerse de insultos poderosos, así incurran en pifias o calumnias. Insultar bien al prójimo —esto es, dando en el blanco— no es un arma al alcance de los siempre exaltados, que ya de por sí habitan un planeta distinto y están interesados en cualquier cosa menos entenderse con quienes consideran indignos de pisar su mismo suelo.
Creo haberme enojado la suficiente cantidad de veces para inferir que en tales circunstancias soy un perfecto imbécil. Esto es, un comediante involuntario. ¿No es verdad que un berrinche nos radicaliza hasta hacernos decir o cometer idioteces ajenas o contrarias a nuestro pensamiento? “Es que estaba enojado”, se justifica uno al día siguiente, con el rabo metido entre las piernas. Sólo que eso muy rara vez les pasa a los fanáticos impenitentes, cuyo nutrido acervo de complejos les ha vuelto infalibles por defecto. Antes repetirán cien veces un error que soportar la afrenta de reconocerlo. Por extraño que suene, tal es su gran orgullo: la cerrazón.
Como la estupidez, su pariente cercana, el odio es fruto de la rabia perenne. Quien nada encuentra en medio de los polos necesita negar la humanidad de la gran mayoría de sus congéneres, tal como hace el soldado que no ve más que fichas en el campo enemigo, a las que es necesario eliminar. ¿De qué, si no de estorbo, le sirven la empatía o la piedad al ocupante de alguna trinchera? Habría que ver la inmensa cantidad de vilezas que el odio contribuye a justificar, a menudo en el nombre de certezas gratuitas y gaseosas (como sería el caso de la historia patria torcida a conveniencia de sus proxenetas).
Los insultos son armas de dos filos, puesto que comúnmente dicen más de quien los endilga que de quien los padece. A la gente la pintan sus ofensas, por eso hay tantos fachos que nos llaman “fachos” con tal de no tener que mirarse a sí mismos. Yo en su lugar también tendría miedo de cualquier día intentarlo y encontrar, angustiado, que no existo.
Este artículo fue publicado en Milenio el 17 de enero de 2026, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.
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