Feliz cumpleaños. Gracias por tanto, su majestad.

La primera vez que escuché de Roger Federer fue en Wimbledon. Jugaba contra Pete Sampras y el resultado se antojaba obvio. En los 8 años previos, “Pistol Pete” sólo había perdido un partido en la catedral del tenis. Ese día, la nota era que estaba fuera y había sido a manos de un joven. Desconocido. Suizo. De pelo largo y a medio rasurar. Serio, con un revés de miedo y que emulaba al mejor jugador de saque y red. Hizo un partido perfecto. Definitivamente no sería la última vez que escucharía hablar de él. Desde que tengo memoria, en mi casa, mis círculo de amigos más cercano y hasta mis novias, me dicen Rogi. Fue tal mi obsesión de niño, que llegué a autonombrarme Rogi Federer. Mi amor desenfrenado por el carisma, la deportividad y el corazón de Kuerten; así como el recuerdo del descaro, irreverencia y estilo de Agassi, se apagaron. Sin más. Comencé a seguir la carrera ascendente de la perfección suiza.

Me aprendí los nombres de sus entrenadores, cambié de raqueta a una más pesada para usar la suya. Gasté todos los ahorros para comprar sus playeras y hasta intenté cambiar mi revés a dos manos, para pegarle a una, como “El Expreso suizo” Evidentemente no tuve éxito. Nadie me dijo Rogi Federer. El hombro sufrió estragos por el peso de la nueva raqueta y doblé el tiempo en el gimnasio; sólo pude comprarme una playera y los tenistas cambian de modelo a cada torneo y mi revés, que siempre fue mi mejor golpe, regresó al plan original. Ahora mi obsesión era verle. No en la tele, claro está. Quería verlo jugar un Gand Slam.

En el 2012 tuve la fortuna de estudiar en España, en Madrid. Con la llegada del verano, había una idea que no abandonaba mi cabeza: Roland Garros. No era tan lejos, ni tan caro, ni tan complejo como ir a Londres. Tenía donde quedarme y había vuelos y boletos baratos. Lo hice. El primer día me perdí el metro. Típico. El amigo que me recibió no pudo venir conmigo. Llegué como pude, pero sólo. No tenía con quien compartir mi emoción y mi francés no ayudó en nada. No entablé conversación con nadie. Para mí una hora sin hablar es mucho, un día entero fue la muerte. Vi mucho tenis, el juego estelar era el de Roger, para el que me había preparado tantos años. 350 Euros era el dinero mejor gastado de mi vida. Acabé de ver un juego en la cancha 12, del otro lado había una pista de entrenamiento. Me acerqué a ella, quería tocar la arcilla de un Major. Luego el ruido. La gente. La cancha se llenó, como si fuera la pista central. Y no era para menos, ahí iba a calentar “Su Majestad”. De pronto lo entendí. ¡Tenía boletos de primera fila! Pegó como 30 minutos, a metros de la valla en la que me recargué. A nivel de cancha. Lloré. Con el sentimiento de un niño. De emoción. De incredulidad. No tenía con quien compartir el momento, así que cuando acabó, me fui al estadio a buscar mi asiento. Comenzó el partido y sonó un celular. Qué nacos son los franceses, pensé. Igual que en México. Hasta que las miradas de mis vecinos de banca me hicieron comprender que el celular era mío. Morí de pena. Era mi papá y sin saber cómo, había entrado la llamada a mi teléfono. No tenia plan, así que después comprendí que había agarrado señal. Lo supe con el recibo de ese mes. No pude explicarle lo que pasó. Volví a llorar. Era el mejor día de mi vida y era como si mi papá lo supiera. – Estoy con tu abuelo, viendo a Federer y pensé que estabas ahí. Marqué, a ver si de casualidad entraba. Tuve que colgar, obviamente no podía hablar ahí.

Sufrí con su carrera. Grité con sus triunfos y me dolió en el alma verlo hacerse viejo. Aunque lo pensé acabado, cada vez me podía más el verlo llegar a las finales y quedarse con la manos vacías. Lo justifiqué. El cansancio, la edad. Nunca ha tenido lesiones. Todo lo que pude. Cuando arrancó Australia 2017, sentí algo. Lo vi más rápido que nunca. Delgado. Mi jefe se paró conmigo en la madrugada. Nadal era el rival y el partido fue un guión de novela. Llegó el 18. Cuando nadie creía. Festejamos. Estoy seguro que los vecinos escucharon nuestros aplausos. Ahora queríamos más. La última vez que vi jugar a Roger fue en Wimbledon. Ganó el 19. Volvimos a aplaudir. Y volvimos a llorar. Era como si todo volviera al lugar en el que comenzó. Pensé en su edad y entonces lo comprendí: Me duele saber que el retiro de Roger está cerca, porque Roger no sólo representa lo bueno del tenis, sino que representa todo lo bueno del deporte. Dicen que el talento no tiene edad y estoy seguro que va por más; Federer cumple 36, pero sigue jugando igual, como cuando lo vi aquella primera vez.

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