Respeto

El espectáculo de la fuerza y bastedad que las lluvias traen consigo es admirable aunque a veces no lo comprendamos o no tengamos el tiempo para percatarnos de su magnificencia. Inmersos en nuestras actividades y ensimismados en nuestra grandeza, no prestamos atención a las llamadas que indican que el espectáculo natural está latente. Nos atrevemos, en un acto absurdo y autodestructivo, a desafiar a la naturaleza con nuestras ínfulas de todopoderosos. Construimos urbes sobre gigantescas planchas de concreto, minimizando áreas verdes, sobajando los movimientos pluviales y observando con cada vez más obsesión hacía arriba, fijando el límite en el cielo sin antes comprender cómo cimentar bien nuestras ciudades. Confundimos el progreso con amontonamiento de edificios, convertimos la civilidad en desorden y contaminación.

Ignoramos el poder de la naturaleza, construimos sin drenajes suficientes (y los tapamos con basura), no prevemos los escurrimientos pluviales por los suelos y tapamos con tantito cemento áreas susceptibles de derrumbes. Como principio de consecuencias de nuestra humana soberbia tenemos ciudades inundadas, casas y negocios con el agua hasta el cuello; líneas subterráneas del metro que más bien figuran a las más robustas cataratas que sólo se encuentran montaña arriba; hoyos o socavones que devoran vidas humanas y políticas, y derrumbes que bloquean las arterias de la gran ciudad.

Y bien, entonces hay quienes llaman a este tipo de situaciones: “desastres naturales”.  Surgen dos preguntas a partir de aquí: ¿se trata realmente de desgracias causadas por la naturaleza al ser humano? ¿O las destrucciones son producto de la falta de respeto y conocimiento del ser humano hacía la naturaleza? Yo creo que la segunda opción es la correcta. Desde mi punto de vista, la naturaleza sólo realiza sus prácticas ancestrales, sin afanes destructivos. Acciones auto regulatorias, tal vez. Las actividades naturales que hoy presenciamos y denominamos “desastres”, ocurrían antes de que la humanidad viera el sol. Desde luego que nos afectan debido a que hemos invadido terreno que no nos corresponde o lo hemos habitado sin las precauciones pertinentes.

Hace unas semanas presencié uno de los accidentes más terribles de mi vida: la caída, y eventual muerte, de dos hombres en un socavón en sobre el Paso Exprés en la ciudad de Cuernavaca. Don  Juan Mena López y Juan Mena Romero, padre e hijo respectivamente, eran los nombres de las personas que perecieron en el accidente. Viví la angustia y sufrimiento de los familiares en el lugar de los hechos. Escuché de primera mano las excusas de las autoridades. Los gritos de la sociedad indignada y la ferocidad de los reporteros. Fue algo estremecedor.

Desde luego que hay culpables directos de la tragedia y debe haber castigos, sean quienes sean, pero el problema va más allá de la corrupción o malas prácticas políticas. El tema fundamental es la falta de conciencia y respeto que como sociedad tenemos hacia la fuerza de la naturaleza y hacia el resto de la sociedad. Hay motivos suficientes para creer que la corrupción hizo de las suyas, pero de nuevo, el tema fundamental es que quienes cometieron los actos de corrupción son personas que pertenecen a una estructura familiar en donde supuestamente se les inculcaron valores de respeto. Supuestamente. Nuestras acciones colectivas son el reflejo de nuestras acciones dentro del núcleo familiar. Somos una sociedad corrompida, hemos sido incapaces, como sociedad, de fomentar la responsabilidad y respeto hacia los demás y hacía nuestro entorno como valores preponderantes en nuestra educación. Todo nos vale madre. Como en todos los casos hay sus excepciones, pero en general somos así, nuestra manera de vivir nos delata.

Los seres humanos pertenecemos a la Tierra, formamos parte de ella, las condiciones atmosféricas son propicias para nuestra existencia, produce alimento para plantas y animales, calor, agua, paisajes increíbles, nos da vida. A cambio, únicamente tenemos que ser más amigables e inteligentes a la hora de convivir con la naturaleza, cosa que no hemos hecho a cabalidad.

Existe solución, creo yo. Compleja tanto como el mismo pensamiento humano ya que implica un cambio de conciencia y actitud generalizada. La solución radica en aprender a respetar. Arraigar valores a nuestros hijos. Tan compleja como simple es la solución, pero la hay.

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