La paradoja humana del tiempo

Expresiones y definiciones tales como postear en Facebook, mándar un whats, trendig toping, hastag, emoticon, meme, subir fotos al instagram¸ entre muchas otras, son usuales y fácilmente entendibles para la mayoría de los que nacimos de los años 80 en adelante. Presenciamos el nacimiento de las nuevas tecnologías y fuimos forjados a la par de los avances electrónicos. Entendemos cómo funcionan las modernas redes sociales y nos desenvolvemos con naturalidad dentro de ellas. Son parte de nosotros. Es más, no podríamos imaginarnos un día sin estar pendientes de las mismas.

Sin embargo, nuestros padres, tías, tíos y abuelos, que pertenecen a otra época, sufren una barbaridad con respecto a las nuevas tecnologías. Los términos y expresiones iniciales están en otro idioma para ellos, se les complica entender la relevancia que tienen para nosotros las redes sociales y dispositivos de extraña apariencia. La famosa brecha generacional hace su magnificente aparición en el terreno tecnológico. Sin embargo, los pertenecientes a la generación X encuentran en la adaptación su sendero para incluirse dentro de una sociedad juvenil que parece no tener interés en incluirlos.

Hace unos días, una de mis tías abrió su cuenta en Facebook, me envió solicitud de amistad que acepté inmediatamente. Era cerca de la una de la tarde y estaba ocupado en mi trabajo. Mi tía comenzó a enviarme mensajes en el Messenger de Facebook preguntándome sobre mis hijas e intentando entablar conversación. Yo no tenía tiempo para ponerme a platicar con ella, de modo que la dejé en visto para, según yo, no ser grosero. Más tarde fingiría no haber visto las notificaciones y usar esa excusa para aliviar mi culpa frente a mi tía.

Ese mismo día, cerca de la hora de dormir, revisé en mi teléfono inteligente y vi las notificaciones. En el mensaje, mi tía me deseaba bendiciones y que tuviera bonito día, que me quería mucho. Me sentí miserable por no haberle prestado la atención merecida a la tía. No fue correcta mi desdeñable actitud hacía ella.

Nuestros tíos, abuelos y padres son personas que durante su plena adultez nos regalaron parte de su vitalidad cuando nos llevaban a nadar al río, cuando asaban para nosotros elotes y los adornaban con limón y sal, cuando nos llevaban al cine a ver el Rey León o cuando al terminar la cascarita tenían lista una jarra de agua de limón tan fresca como la del río. Nunca estuvieron demasiado ocupados para atendernos cuando estábamos enfermos o para llevarnos a la feria a pesar de la lluvia. Esos recuerdos que me llenan de felicidad se los debo a ellos.

A partir de entonces, me resulta imposible evadir los sentimientos melancólicos al ver a mis añejos antecesores posteando en Facebook sobre su reciente visita al médico. Los comentarios que intercambian con sus contemporáneos son igualmente deleitables, todos de apoyo y condescendencia. Le respondí los mensajes a mi tía y cada que puedo la saludo por face. Se pone feliz cada que lo hago.

Nuestros viejos son de admirar, se inmiscuyen en nuestros territorios para hacerse notar. Admirable resistencia que montan en un intento, tal vez, de adentrarse en el mundo de los más jóvenes que prestan más atención al aparatito telefónico que a charlas interesantes. O quizá sólo lo hagan por curiosidad o posiblemente sólo sea un intento de mantenerse vigentes en un mundo que avanza a pasos agigantados y presagia el rezago de quienes caminen más lento.

Nunca nos revelarán sus verdaderos motivos. Cualesquiera que sean debemos aprender a leerlos. Nuestros viejos dependen de nosotros, más de lo que imaginamos. Por supuesto que nunca dejarán de ser una autoridad para nosotros, y lo saben, por eso son impacientes cuando les intentamos enseñar cómo mandar un whats, como instalar el Candy Crush o qué es un tuit. No es sencillo para ellos que nosotros les enseñemos algo, no es usual para ambos, pero escrito está que así suceda. Seamos pacientes.

La paradoja humana del tiempo: conforme los años pasan, al mismo tiempo van a regresión. Y decimos que cuando las personas se hacen viejitas se devuelven a su infancia. Algo hay de cierto en esa paradoja. Pero bendita sea esa ocasión que nos da a los alumnos de enseñar a los maestros, de retribuir la vitalidad otorgada tiempo atrás, enseñarles e incluirlos en el desarrollo tecnológico es decirles sutilmente que aún son valiosos para nosotros.

Espero con ansias la próxima ocasión en que mi madre me llame para pedirme, por enésima ocasión, indicaciones para descomprimir un archivo en .ZIP, qué exquisitez. Qué diablos que mis padres, tías, tíos o abuelos no sepan usar el guasap o tuiter, tienen quien, con paciencia, les enseñe a usarlo. Aquel a quien algún día, lejano ya, le enseñaron a usar una cuchara y a no tenerle miedo a los truenos.

Adorable Pollito

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