Flacuchos talentosos

Ambos niños poseen características similares: ambos tienen 10 años, tez morena, tranquilos en apariencia pero demasiado impulsivos en realidad; ambos de baja estatura y complexión menuda, situación que no debe confundirse con falta de aptitudes deportivas fantásticas. El principal rasgo que comparten los escuincles es su virtud a la hora de patear la pelota. Ambos son extraordinarios futbolistas en ciernes. Cada uno es respetado y respaldado por el resto de su pandilla precisamente por su talento deportivo. Una nube incertidumbre sobre cuál de los dos chaparros es el mejor ha cobrado fuerza en los últimos días.

Pronto se verían las caras en una cascarita, pactada por los niños más grandes, para resolver de una vez por todas quién de los dos es el mejor futbolista del barrio. Su sana rivalidad alcanza hasta  sus respectivas familias, quienes minimizan el asunto, al fin, es cosa de niños.

El estacionamiento frente a los abarrotes de Don Neftalí es el estadio donde se da lugar el partido. Un par de piedras y árboles a los costados la hacen de porterías. La cancha es imaginaria, no hay límites visibles e inconscientemente,  una portería es más grande que la otra. La hora y el día han llegado. Un balón medio desinflado sella el trato: el primero en llegar a 10 goles gana.

Don Neftalí sabía del decisivo partido, había escuchado a otros niños hablar del tema mientras jugaban en las maquinitas.  Le entusiasmaba la idea de que fuera frente a su tienda ya que, pensaba, acabando la cascarita todos los niños irían a comprarle cocas, y los demás niños y niñas espectadores verían el espectáculo con unas Sabritas o cacahuates en mano. Además de que disfrutaba genuinamente ver a los chamacos jugar. Lo hacía recordar sus años de juventud, pues era de aquellos señores que pudo haber sido profesional, pero se lastimó la rodilla.

El Cremitas y el Negrito, como eran apodados los protagonistas, llevaban sus tenis viejos, los que traían la magia, decían. El juego era bastante entretenido, incluso algunos albañiles se habían sentado en la banqueta a beber sus cervezas (que compraron con Don Neftalí) y de reojo veían el partido. Ocho contra ocho, con el Cremas como capitán de uno y el Negro como capitán del otro. El juego, no por infantil era precisamente pacífico. Se disputaba con intensidad y seriedad por los jugadores. El prestigio iba en juego. Conforme pasaba el tiempo el partido se mantenía empatado, uno metía, el otro empataba inmediatamente. No había árbitros, por tanto, tampoco faltas, eso sí, el juego era lo más limpio posible a pesar de la intensidad, no había mala intención. El área del portero era imaginaria pero respetada por todos.

El juego sin duda era interesante. Los niños jugaban bien a pesar de que la cancha era de cemento y el balón rodaba con trabajo debido a su mala calidad. Los niños le daban vida a ese viejo balón, lo pateaban con seguridad y triangulaban con facilidad. Ambas escuadras estaban bien acopladas y los virtuosos enanos lideraban con inteligencia al resto. Partidazo.

El Negro logra controlar un mal pase de su compañero, el Cremas ve su oportunidad de robar el balón, filtrarlo y dejar solo a su delantero frente al portero rival. El Cremas se aproxima a toda velocidad y de la nada el Negro puntea el balón y lo pasa entre las piernas del Cremas, una humillación de ese tipo no es permitida en ningún nivel futbolístico, pero lo deja pasar más bien porque no alcanzó a su rival, quien después de quitarse dos defensas les ha marcado para ponerse adelante en el marcador. El Cremas va perdiendo el duelo y eso lo molesta un poco, comienza a calentarse.

De nuevo se deja venir un mano a mano, el Negro viene hacía el Cremas en media cancha, el Cremas intenta evitar que el Negro pase el balón, lo que provoca que nuevamente le pasen el balón entre las piernas, el segundo charrito de la tarde, pero esta vez no quedará impune la humillación y le tira una patada por detrás al Negro. El Negro se levanta y comienzan los empujones, la cosa estaba calientita. Groserías, mentadas de madre y de repente puñetazos. Los jefes de los equipos comenzaron la batalla campal. Todos contra todos, cada quien agarró a su chambelán. Los cánones de barrio marcan que todos deben defenderse y atacar en colectivo, todos deben participar, no se permite golpear por detrás y por ningún motivo se puede golpear en los bajos (testículos). Una lección de unión y de entereza, nadie se acobardó, todos contra todos a puño limpio.

Los albañiles, ya medio borrachos, inmediatamente corrieron a separar a la bola de muchachos, Don Neftalí salió de su tienda apresurado para evitar que el pleito se agravara. Moretones, narices sangrando y raspones en rodillas y codos fue el saldo de la pelea. Como todo pleito infantil, todo se acababa ahí, no había amenazas ni gritos, cada quien se llevaba lo que le correspondía. Fue un momento de calentura, nada más. Por supuesto el partido no continuó, tampoco se habían alcanzado los 10 goles, aun así el resultado se cargaba a favor del Negro, quien llevaba una ceja inflamada, el labio levemente sangrante, rodillas peladas y la victoria.

Al llegar a casa habrán de imaginar la que le esperaba a cada uno de los peleoneros. El regaño de los padres era inminente. El alcohol en las heridas ardía, pero no tanto como la humillación de la derrota para el Cremas. El dolor y los raspones eran trofeos de gloria para el Negro. Al fin de cuentas, el regaño para el Negro se consolaba bajo la justificación de que habían ganado, era en definitiva el mejor del barrio, la noticia había llegado de prisa hasta el último rincón de la cuadra.

La cosa ahí terminó para los niños. Don Neftalí, por su parte, recogió el maltrecho balón e hizo a un lado las piedras. Pensaba en expandir su franquicia a la colonia contigua, para ello era importante que se diera a conocer. Un equipo de futbol que participara en torneos de la zona era ideal para hacerse de renombre y facilitar la apertura de su tienda. Lo venía planeando de hace tiempo, Deportivo Neftalí estaba a punto de nacer, con el Negro y el Cremas como atracción principal. Había que aprovechar la creciente fama que los mozalbetes estaban forjando, aunque ni lo imaginaran. De eso se encargaría él.

Adorable Pollito

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s