A pelear

El calor propio de la temporada anuncia el comienzo de la larga y tortuosa batalla. Los presagios de la lucha indican que habrá de librarse dentro del cuartel, el enemigo está en casa. Nuestro contrincante es igualmente pequeño como peligroso. Dotado de una capacidad de camuflaje extraordinaria así como un arma que sería la envidia de los mayores depredadores del mundo, el mosquito puede hacer de nuestra propia casa un auténtico infierno.

La escena es clásica: revoluciones disminuidas, luces apagadas, ruidos al mínimo, la noche nos ha caído encima. Aguardamos con pestañeos que Morfeo nos apacigüe. Un súbito zumbido irrumpe la llegada del amo de los sueños. Retumbando en el silencio de nuestra recámara, el aleteo del zancudo es más bien un helicóptero de guerra que enciende las alarmas, la batalla comienza y los bombardeos puntiagudos han dado en el blanco.

No existe ser humano que, sea por orgullo o por anhelo de descanso, renuncie la guerra. Jamás estamos demasiado cansados para aniquilar uno que otro alado insecto. Así la lucha comienza y se vale de todo. Cualquier cosa a la mano es excelente arma, pero lo más satisfactorio es acabar con los pequeños infelices con nuestras propias manos y admirar la sangre que brota de sus entrañas, nuestra sangre, con cierta alegría.

Para el intercambio de agresiones empleamos nuestros antiguos instintos asesinos a fondo. Apagamos el resto de los sentidos y agudizamos el oído, el viento en nuestro aliado y no dudará en delatar al intruso. Tiramos el golpe al vacío, esperando destantear al zancudo que se ríe de nosotros. Para enseñarnos quien manda, el mosquito aterriza en un lugar visible, deja que nos acerquemos con un sigilo del cual se burla y esquiva el manotazo con la experticia de alguien lo ha hecho miles de veces.  Lo seguimos torpemente trepándonos en la cama y tropezando con cuanta cosa esté enfrente. Se refugia en los rincones oscuros, nos adentramos en el peligro, apagamos el oído y encendemos la vista. Nuestros ojos cual catalejos buscan acertar el golpe fatal. Nada. Fallamos en cuanta ocasión de matarlo tenemos.

Después de un rato de persecución decidimos que ha sido suficiente. Nos ponemos serios. El cazador cavernícola que llevamos dentro se apodera de nosotros, el zancudo correrá la misma suerte que los animales de antaño, no vivirá para contarlo. Memorizamos sus movimientos, calculamos la trayectoria, fijamos el punto exacto y ¡pum! El fino arte de la cacería de mosquitos rinde fruto y aplastamos al pequeño contrincante entre nuestras palmas. Somos los dueños de nuestro espacio y nadie puede entrometerse sin recibir su merecido.

Satisfechos volvemos a nuestros menesteres, las luces se apagan, nos acurrucamos y de nuevo invocamos a Morfeo. Las palmas aún nos arden del tremendo manotón que habría acabado hasta con un búfalo. Yacimos a merced de nuestro sueño, al punto, un nuevo enemigo ha entrado a tomar venganza de su hermano caído, un nuevo zumbido más irritante y sonoro que anterior nos canta al oído: venganza.

La guerra es entre especies, mosquitos contra humanos. Uno de los más pequeños insectos contra el más sofisticado de los mamíferos. La moneda está en el aire. Defendamos a los nuestros, no podemos perder. Saquen las armas, ¡a pelear!

Adorable Pollito

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