Fiesta sombría

La noche está por llegar, las bocinas del modular retumban al son de Luis Fonsi con Daddy Yankee: Despacitooo…quiero desnudarte a besos despacito. Firmo en las paredes de tu laberinto y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito. Pepe y sus amigos cantan con moderación afuera del número 12 de una de las tantas unidades habitacionales de México. Esos conglomerados que se han transformado en pueblos cosmopolitas que participan del chismorreo y el entrometimiento en vidas ajenas como cosa propia y celosamente guardada.

Afuera de la casa de Pepe la fiesta va viento en popa. Me gustan los parties y las desveladas, lunes a domingo y toda la semanaaaa… suena Los Recoditos mientras la concurrencia canta el coro al unísono con la misma emoción que el intérprete original. Las fiestas de este tipo son muy comunes, razón que le ha causado varios problemas a Pepito con los vecinos y la policía.

Los agudos gritos de la mujer de Pepe provocan que las visitas abandonen el lugar entre risotadas y burlas por la que le espera al anfitrión. Son casi las 4 de la mañana y la discusión entre los cónyuges presagia tragedia. Casas juntitas y gritos son la combinación ideal para que todo el vecindario preste atención. Vidrios rotos, golpes en la pared, insultos, hay de todo al interior de la casita marcada con el número 12. La discusión sirve excelente comidilla para los practicantes de la intromisión a la mañana que sigue.

La mujer del Pepillo sale de casa llorando y maldiciendo a su marido con todas sus fuerzas. Una pequeña maleta la acompaña. De la nada sale un Beetle gris tuneado, una vez arriba la mujer el auto rechina llantas y desparece entre la oscuridad. La calma reaparece en el vecindario, pero no para José.

Han pasado varios días desde aquella fatídica noche y  aún no hay señales de la mujer. El asunto incluso ha perdido vigencia entre la legión de comunicadores locales. Ningún rastro de fiesta ni ningún amigo se vislumbra al interior de la casa. El abandonado consume un esporádico cigarro con aparente calma en un intento de silenciar los murmullos ajenos. A pesar del ambiente sombrío y de soledad, el silencio no existe. Las bocinas del viejo reproductor suenan a media intensidad al son de Diego Verdaguer:

Pídeme…que mueva las montañas o que me ponga a volar

que baje a lo profundo de las aguas de la mar.

Pídeme mi vida…
Pero no me pidas

Que te deje yo de amar…

 Adorable Pollito

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