Réquiem perruno

Sonó mi celular. La voz del otro lado del auricular no era la misma que había escuchado durante muchos años. La entonación era melancólica, pausada y por momentos ahogada: – Hola, hijo, ¿estás ocupado? Quiero pedirte un favor, necesito verte en la plaza de la calle Guerrero, te veo a las 4, ¿puedes? –  En las incontables ocasiones que he hablado con mi viejo amigo, nunca lo había escuchado tan triste, motivo por el cual acudí a su llamado sin chistar.

Llegué antes de la hora indicada, estaba preocupado. El viejo no tardó mucho en llegar. Su semblante era apenas un guiño frente a la voz que hace unos momentos había encendido mis alarmas sensoriales. Para un hombre en el otoño de su vida, las circunstancias pueden cambiar drásticamente. ¿Una enfermedad?, pensé, ¿cáncer, alguna insuficiencia? ¿El corazón? Pero si me había buscado era porque necesitaba que lo animara, debía esconder mi preocupación y proyectar ánimo. Me vio a lo lejos, cabizbajo caminó hacia mí. –¿Qué pasa, viejo? – traté de animarlo al tiempo que lo saludaba con fuerte apretón de manos. –Ven, necesito que hagas algo por mí, acompáñame– se enfiló hacía la veterinaria Orejas, antes de entrar se detuvo: –te van a entregar a Terry (su perrito Chihuahua), en la madrugada le dio un ataque respiratorio, lo traje de urgencia pero no resistió, se murió en la mañana. Recógelo y me lo pones en la cajuela, por favor- dio media vuelta y me dejó solo frente a la clínica. Me extrañó en sobremanera su petición. Yo no entendía nada. Le dolía su perrito, era claro, pero ¿tanto como para no poder cargar el cadavercito en propias manos? Me pareció absurdo.

Cualquiera pensaría que para alguien entrado en años, corpulento, chapado a la antigua y que no expresa sus emociones tan fácilmente, un perro no figuraría en el mapa de sus sentimientos.  En el tiempo que llevo de conocerlo sólo lo había visto sollozar una vez, por motivos comprensibles antes los ojos de todo mundo. Ese día estaba a punto de verlo llorar por segunda vez. Lo peculiar no era verlo derramando lágrimas, si no la razón de las mismas: el Terry.

Llegamos al lugar preparado para el entierro de Terry. ¡El viejo había mandado cavar un hoyo en un terreno de su propiedad! Yo estaba estupefacto, jamás pensé que “ese perro” tuviera tanta influencia para él. Saqué el inerte cuerpecito congelado de la caja y lo coloqué con cuidado dentro del hoyo. Piedras, cal y tierra sellaron la tumba del can ante los ojos humedecidos del viejo.

Fueron pocas las lágrimas vertidas sobre sus mejillas, es un hombre duro, a pesar de todo. Sin embargo, el momento se dio y sin reservas pregunté el porqué de la importancia de Terry en su vida. La profundidad y calma de su voz habían vuelto, –Cada que yo me enfermaba, Terry venía a mi cama y se echaba en mis pies. Sólo se movía para comer y tomar agua. Pero un día estuve tan enfermo que tuve que guardar reposo varios días, no me podía levantar de mi cama, y el Terry no se movió ni un instante de mis pies. No comió ni bebió agua en todo el tiempo que estuve en cama. Dormía a mis pies, me acompañaba al baño, regresaba a la cama y se volvía echar a mis pies. En todo el tiempo que estuve enfermo no se movió ni un solo instante de mi lado. Cuando estuve mejor y pude reincorporarme, fue hasta entonces que el Terry probó unas cuantas croquetas, bebió la ración de agua de tres días y se metió a su casita. Valía oro. Me duele que se haya ido, es difícil dejarlo ir, por eso te pedí que vinieras-

Imprimí una foto del Terry, la tengo dentro de un álbum con las demás fotos familiares. Ese diminuto perro está donde merece, se ganó su lugar entre los que conocimos su lealtad. El chihuahuita tenía nombre y apellido. El Terry sigue estando con nosotros, en nuestro recuerdo, el Terry es eterno.

Adorable Pollito

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