Lecciones callejeras – El Melvin

Gracias a sus características físicas, su parecido con el emblemático elefante del cereal Chocokrispis es notable, de ahí que le apoden “El Melvin”. La semejanza con el paquidermo caricaturizado no sólo es físico, su agradable y bromista personalidad complementan su sobrenombre. Se gana la vida trabajando como despachador de camiones de servicio público. Oficio que, si bien no es rimbombante, le permite sacar adelante a su esposa e hijo (El Melvincito).

Andaba yo por los rumbos del Melvin y pensé en ir a saludarlo. Lo encontré en su trabajo, a unos minutos de acabar su jornada. Mientras sus compañeros bromeaban, él se mantenía absorto en quien sabe qué cosa, actitud inusual en él. De repente, se me acercó y me pidió que le diera un aventón en mi carro hasta la calle principal, a unos 100 metros de distancia. En primera instancia me negué, pero me aclaró que tenía un problema y que necesitaba que lo ayudara, que sólo necesitaba platicar con alguien. Juntó sus cosas de prisa y sin despedirse del resto, subió al auto. Su actitud sospechosa me puso algo nervioso.

Una vez en el vehículo, sin preámbulo comenzó a balbucear al aire sobre su necesidad de alejarse del alcohol. Estaba sudando, temblaba y hablaba con dificultad. Tras ver mi rostro confuso se tranquilizó, respiro hondo y se secó el sudor con la manga de su playera. Me puso en perspectiva su situación: llevaba meses tratando su alcoholismo, acudía a sesiones de Alcohólicos Anónimos y hacía ejercicio. Se estaba rehabilitando ya que su hijo se lo había pedido. Razón poderosa. Pese a todos los pronósticos en su contra, lo estaba logrando.

Sin embargo, ese día en el trabajo había sido particularmente malo. Tuvo varias discusiones con sus compañeros. Recordó que antes de que tratara adicción, tenía como costumbre ahogar las penas (y las alegrías) en alcohol, con unas caguamas con los cuates. Aquellos tiempos regresaron a su mente y a su paladar esa tarde, tenía un incontrolable deseo de destapar una cerveza y beberla con las mismas ansias que un bebé a su biberón. La lucha que estaba librando para controlar ese deseo hacía estragos en su cuerpo: boca seca, sudoración y temblores. Pero la batalla mental era la más cruel y la más importante. El Melvin debía salir victorioso, no podía fallar, por su hijo.

Me explicaba que me había pedido que lo llevara en auto para no pasar caminando junto a la tienda de la esquina. Dadas las circunstancias, pasar junto al expendio de cervezas a pie significaría el fracaso de su encomienda. De no haber librado la tiendita, sucesivamente habría terminado en alguna botanera bebiendo hasta perder el conocimiento.

Pasados varios días fui a verlo, me interesaba saber qué avances había desde esa vez que lo libré de la tentación. Lo encontré melancólico, su actitud era más bien la de un elefante de circo: cabizbajo, moviéndose con pesar y su faz era rojiza. No hacía falta ahondar en lo evidente para saber que traía una cruda monumental. De nuevo, el malestar físico no era el problema. Cimbrado emocionalmente, al borde del llanto nos saludamos y charlamos. Traía plomo sobre los hombros. Tuve la intención de animarlo, pero no encontré las palabras adecuadas. Me frustré al no poder ayudarlo, pero así de difícil es lidiar con los vicios. Destruyen vidas. Los monstruos más peligrosos son los que nosotros mismos creamos. Antes de marcharme, el Melvin me tranquilizó diciéndome que era parte del proceso, que iba a estar bien.

Hace varios meses que no veo al Melvin, pero sé de buena fuente que sigue en la batalla, aún no se rinde. Vaya que se necesitan agallas para ponerle el pecho a las balas. Cosa oscura son los vicios y cuando por fin se les enfrenta, son los más despiadados enemigos. Enfrentarlos es, en el acto mismo, una gran victoria. El Melvin tiene la fuerza que se necesita para hacerle frente a su monstruo, se ha puesto en pie decidido a luchar. Nadie puede tener la certeza de que logrará vencer su vicio, pero por ahora, el Melvin va ganando la batalla.

Adorable Pollito

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