De fobias y desmayos

Vivo con mi esposa y mis dos hijas, siendo el único representante masculino de la casa debo adoptar la postura que por cultura me corresponde: el Hombre de la Casa. El único capaz de lidiar con asuntos propios de la rudeza del señor del hogar, todos asuntos importantes, pero ninguno tan importante y apreciado por mis damiselas como mi habilidad para asesinar cucarachas. Soy un mercenario de bichos rastreros (y asquerosos) que recibe como recompensa miradas de admiración de las mujeres presentes, y de vez en cuando recompensado con un besito tierno de aquella aventurera que haya descubierto el despreciable insecto.

Cada que una cucaracha aparece y con ella mi heroico acto de fulminarla, me aseguro de alardear mi hombría por no temer enfrentar al diminuto enemigo. Situación que incomoda a mi mujer al punto de advertirme (con algo de furia) sobre mis fobias. Yo, como buen hombre, minimizo lo que me atañe.

Hace dos días tuve que llevar a una de mis pequeñas a que le tomaran muestras de sangre. Era la primera vez que mi hija se enfrentaba a esta situación, por lo tanto, también era mi primera ocasión. No sé quién estaba más nervioso, si ella o yo. La diferencia radicaba en que yo tenía que disimular, soy el hombre de la casa, debo infundir seguridad a mis protegidas.

(Antes de continuar el relato considero el momento apropiado para confesar que le tengo pavor, fobia, lo que le sigue, a las agujas. Las evito con todas mis fuerzas. Sólo con ver agujas o jeringas, me dan náuseas, mareos y, si la situación es inevitable, me desmayo. Saben de lo que hablo. Vamos, todos le tememos a algo).

Pues bien, el tiempo llegó. Pasamos mi pequeña, mi mamá y yo a la sala dónde la toma de muestra habría de ejecutarse. Mi esposa esperó afuera. Por su puesto, mi hija no quería que le sacaran sangre, lloraba y pataleaba, mientras yo la alentaba. Lo cierto es que yo estaba muy mal, sudaba, me sentía mareado, tenía náuseas, pero tenía que ser fuerte, no había de otra. Me mentalicé para tratar de superar mi fobia.

La laboratorista hizo su trabajo, metió la aguja en el bracito de mi nena y comenzó a jalar la sangre. Mi hija no sintió tanto dolor, aunque se quejó del piquete no tuvo mala actitud, ambos evitamos ver el procedimiento viendo un capítulo de My Little Pony. Convencido de que había superado mi fobia, asomé la mirada al bracito de mi hija, y ahí estaba, mi más temible enemigo penetraba la piel de mi pequeña dejando una protuberancia cuan largo era. La sangre fluía lento. Comencé a marearme y a ver en tonos blancuzcos. Sin decir una palabra salí del cuarto buscando aire fresco, me recargué en la pared mientras repetía mentalmente aguanta, no te caigas, respira, ya pasó. No sirvió de mucho mi letanía. Caí como bulto de harina cuando lo sacan del camión. Me devolvió el conocimiento el trancazo que me di contra el suelo. Me reincorporé más por orgullo que por fuerza, varias personas corrieron a ayudarme. Torundas con alcohol y revistas que la hicieron de abanicos aparecieron de la nada, bastantes. Me recuperé y fui a ver mi hija que ya había cumplido con su misión, se encontraba bastante tranquila. Me alivié.

Han pasado un par de días y las burlas y la “carrilla” no ha cesado desde entonces. Sobre todo la proveniente de mí amada esposa. Quien se deleita echándome en cara que las agujas son más pequeñas e inofensivas que las cucarachas. Se divierte con mi fobia. Alardea excepcionalmente, tiene buen maestro. Yo, como buen hombre de la casa que soy, aguanto la “carrilla”, al cabo, esa es mi labor.

Adorable Pollito

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