Silencio

Abrí los ojos, tenía sed. Pero la sed no fue lo que me despertó. Fue algo más, no lo sé. Me levanté, fui a ver a mis hijas, todo en orden. Mi mujer dormía. Me asomé por la ventana, la misma luz amarillenta de siempre proyectada por la lumbrera pública. Ni una sola alma afuera. Ni un coche. Bajé las escaleras, fui a la cocina, busqué un vaso y me serví agua. Aún estaba medio dormido y todo seguía muy oscuro. Sentí pesadas las piernas, así que jalé una silla del comedor y me senté a beber mi vital líquido.

Sentado en el comedor fijé mi mirada en el haz de luz descompuesto en varios colores por la concavidad del vaso. Qué tranquilidad. Busqué con la mirada torpe el reloj: las tres y media de la mañana. Ni un ruido, ni siquiera un grillito. Tampoco el viento meciendo árboles. Tampoco algún ladrido de perro. Nada. Esta vez no había ningún ruido. Era inverosímil. Ante el silencio, dediqué toda mi atención a percibir cualquier rastro de ruido, por más diminuto que fuera. Nada, en verdad nada.

Convencido del momento me entregué y me hice uno mismo con aquel encantador silencio. Me sentí tan comprometido con la quietud que me incomodó el ruido que provocaba el sorber el agua y poner el vaso en la mesa. Dejé de hacerlo.

Contemplé (si se puede decir) con asombro el silencio tranquilizante. Quietud absoluta. Me mimeticé con la pasividad del instante, fui paz por un instante. Fui silencio, fui oscuridad. No fui nada. Fui espectador del mundo, observé y sentí, nada más. En  esta ocasión me esforcé pero para no cambiarlo nada. Hasta respiraba con cuidado.

Entendí. Vaya regalo que me hizo el Creador. Vino a mi casa aquella noche, se sentó conmigo a la mesa en forma de haz lumínico y conversó conmigo, en silencio. No me dijo nada pero me lo dijo todo. No conté el tiempo, ni falta que hacía, para Él el tiempo no existe, para mí tampoco existió. Fui eterno un instante.

No recargué energía, tampoco puse mi mente en blanco, no encontré la paz interior, no limpié mis chacras ni alcancé el nirvana. Fui el mismo, el mismo imperfecto a quien El Creador bajó a decirle: Tranquilo, hijo, Yo estoy contigo.

El eterno momento concluyó, incliné la cabeza en señal de reverencia y le dije callado: ¡Gracias, Señor!

Adorable Pollito

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