Lecciones callejeras – Mi cuate el Máskara

Quiero platicarles del Máskara, personaje con quien tuve la fortuna de trabajar hace algunos años. La persona que me lo recomendó me advirtió: “Mira, el Máskara es muy bueno en lo que hace, sabe colocar todo lo que le pidas (de lonas y viniles) hasta espectaculares…pero eso sí, es medio banda, no te vayas a espantar. Es buena persona”. No entendí la recomendación hasta que conocí al famosísimo Máskara. Su apariencia era de barrio puro: camiseta sin mangas, pantalones de mezclilla muy holgados con parches en las rodillas, botas desgastadas, lentes oscuros y su cabeza rapada de los lados, el cabello largo en el centro echado hacía atrás con mucho gel, al estilo cholo.

Conforme colaboramos fui descubriendo que es una excelente persona y un profesional en la materia aunque ningún título o certificado lo avalara. Es padre de familia y consideraba mucho a su esposa. Llevaba varios años dedicándose a colocar todo lo relacionado con viniles, lonas, anuncios luminosos y demás, así que lo sabía hacer a la perfección.

Con el paso del tiempo nos hicimos amigos. En cierta ocasión, el Máskara me invitó a colocar unas lonas en anuncios espectaculares: “Vamos” – me dijo – “para que te ensucies las manos, para que trabajes de a devis. Sirve que aprendes, nos subimos como los hombres, a mano limpia, con tus cosas colgando de los hombros. Sólo usamos arneses cuando hay que tensar los costados, solamente ahí es cuando te cuelgas. Acepté la invitación a pesar del riesgo que implicaba, me interesa saber cómo colocar los espectaculares, era buena oportunidad.

El anuncio se encontraba en la azotea de una casa al borde de una carretera muy transitada en Cuernavaca. Comenzamos a trepar el gigante de acero cual changos. Sujetándonos de la entramada estructura y abriéndonos paso entre los cientos de alambres oxidados que alguna vez sujetaron lonas. Una vez arriba, el Máskara me dio una gruesa cuerda y me dijo: “tienes que subir la lona con la cuerda. Jálala con huevos porque está pesada. No se te vaya a caer”. Jamás, jamás en mi vida había cargado algo tan pesado, eran unos 80 kilos que había que subir 12 metros (lo alto del anuncio). Por su puesto no logré realizar mi tarea ya que además de fuerza, me faltaba maña, colmillo. El Máskara se rio compasivamente, se me acercó: A ver, quítate debilucho, fíjate cómo se hace. Se amarró la cuerda a la cintura, hizo un nudo en uno de los travesaños y empezó a jalar. Cuando se cansaba hacía otro nudo en el mismo travesaño, de este modo la lona ya no caería. Así hizo hasta que estuvo arriba. “No necesitas fuerza mi chavo, es pura maña, ya sabes, más vale maña que fuerza”. Yo ni con fuerza ni con maña había podido, lo tome por el lado amable, era mi primera vez. Ya trepada la lona, el Máskara, orquestó la instalación: tú te vas para allá y la detienes, tú cortando los alambres y las varillas, tú detenla del otro lado. Mi trabajo consistía en extender a lo largo de la estructura la lona (sí, me dejaba lo más pesado para darme una lección, me “novateo”). Sin embargo el Máskara fue muy paciente con mi incompetencia, me explicaba cada error que cometía y me aconsejaba: Aquí es más fácil si le haces así, usa tu cabeza wey, para eso la traes. No piensas que te vas a caer, sólo te pones nervioso si piensas eso, fija bien tus patas y no tiembles.

La parte final y más complicada consiste en tensar los costados del anuncio, una vez que está listo de arriba y abajo. Para esa tarea era necesario colgarse con arneses y balancearse hasta el costado. Listo todo lo anterior, se tiene que poner alambre en el costado de la lona, tensar el alambre y amarrarlo al cuerpo del anuncio. Esa parte era chamba del Máskara, era lo suyo. Y debo decirlo, era un maldito genio haciéndolo. Parecía una araña moviéndose libremente en su tejido. Era ágil, rápido y preciso a pesar de estar suspendido con una cuerda vieja a 12 metros sobre el piso. No dudaba ni un instante de lo que estaba haciendo, se balanceaba, se agarraba, ponía alambre, lo tensaba, se soltaba y se volvía a balancear. Insisto, era genial.

Acabada nuestra labor conversamos y le hice saber mi admiración por cómo hacía su trabajo. Gracias wey, que chido que me digas, la neta los patrones no valoran el riesgo, me pagan una madre y no ven toda la chamba que es colocar, contestó alegremente.

El Máskara me quitó una venda de los ojos, me llevó hasta sus terruños para mostrarme una realidad que no conocía. Todas las vidas valen lo mismo, todos los trabajos son importantes. Trabajar en una oficina y andar de traje no necesariamente significa ser ni más inteligente ni astuto que nadie.

Esa experiencia me sirvió demasiado, me ayudó a anclar mis pies firmemente en el piso. Aprendí a desarrollar métodos propios para hacer las cosas o colmillo, como se dice coloquialmente. Me ayudó a valorar mucho a las personas que trabajan para mí. Su trabajo y tiempo tienen un costo, mismo que debe ser reconocido no sólo con la remuneración económica, también con el respeto y valor que todas las vidas merecen.

Adorable Pollito

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