Maldita incertidumbre

– “¿Bueno?”

– “Hola, ¿quién habla?”

– “…mmm, ¿con quién desea hablar?”

– “Con Enrique Zurutuza, por favor”

– “Él habla, ¿en qué le puedo servir?”

– “…….”

– “¿Hola?”

– “Soy tu hijo…”

– “¿Mi hijo?, ¿Cómo que mi hijo?, ¿quién chingados habla?

Eso es todo lo que recuerdo de esa llamada. Los tres meses posteriores a esa llamada se me fueron como en piloto automático. No dejaba de pensar si esa llamada había sido real, si la había imaginado, soñado.

Es impactante como una llamada de menos de un minuto puede dejarte tan tocado. La incertidumbre debe ser uno de las sensaciones más sádicas y denigrantes que puede sentir el ser humano. ¿Era una broma?, ¿Era algún supuesto hijo no reconocido?, ¿Era mi imaginación?

Después de esos tres meses en los que no hice absolutamente nada fuera de lo común, y me enfoque a seguir mi aburrida rutina casa-trabajo-casa, decidí hacer algo y eliminar la maldita duda.

Lo primero que se me ocurrió fue llamar a todas mis antiguas parejas de la universidad con las que alguna vez había tenido sexo. No eran pocas. No eran muchas. Posteriormente razoné y descarté hacer eso ya que me exponía a que alguno de sus probables esposos o parejas se lo tomara a mal y me metiera en un problema. Además, concluí que involucrar a terceros no era lo mejor que podía hacer.

¡Carajo! ¿Por qué tenía que ser yo el que recibiera esa llamada?

Tengo dos hijos, un niño y una niña, son mi vida. Pero la nueva posibilidad de un tercer hijo me hacía sentir sensaciones nuevas y difíciles de explicar.

Mandé todo a la mierda…

Me olvide casi por completo del suceso de la llamada telefónica durante 11 largos (o cortos) años. Digo casi porque en esos momentos en los que me quedaba completamente solo, me venía ese recuerdo automáticamente. Por eso evitaba estar solo a toda costa. Inclusive ponía a mi esposa a hablarme a través de la puerta del baño cuando me metía a hacer mis necesidades.

Un día martes se me revolvió el estómago al escuchar sonar el teléfono de mi oficina. Fue muy raro porque desde el primer ring sentí esa horrible sensación de incertidumbre que me había atacado los últimos años. Casi vomito en cuando escuché la voz de la persona detrás del teléfono. Llamaban para hacer una tediosa encuesta sobre el servicio de mi compañía de telefonía celular pero esa voz la reconocí en seguida. De hecho no sabía que tenía un oído tan agudo y capaz de recordar una voz después de 11 años. Esta vez me aferré al teléfono e interrogué al muchacho.

Era mi primogénito.

Billy Brown

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